23 oct. 2016

Saqqara: digresiones matutinas a cuenta del maestro Imhotep.

Digresiones

Me sorprende la mañana escribiendo estas notas. Anda el petirrojo muy madrugador, maniobrando cual saltimbanqui de arbusto en arbusto con ese sostenido gorjeo que le es característico. Suenan  también los arrullos de las tórtolas,  camufladas entre las ramas del esbelto magnolio que adorna el exterior. Se intuyen los resortes que en poco pondrán a funcionar la maquinaria del nuevo día, tal como glosa Joan Manuel Serrat en su estimable Canción infantil:

Tú, enciende el sol.
Tú, tiñe el mar,
y tú, descorre el velo
que oscurece el cielo,
y tú, ve a blanquear
la espuma y la nube,
la nieve y la lana,
y tú, conmigo a cantar la mañana.

Nit y Thor, una bonachona y disciplinada border collie y un robusto pitbull-labrador negro azabache, recogidos hace ya algunos años en una protectora, dormitan todavía en sus casetas. Nit es nuestra exploradora particular, siempre en cabeza de pelotón serpenteando el terreno por el que andamos. A raíz de un documental donde nos pareció identificar a nuestra preciada mascota, creemos todos en la familia que esta espléndida criatura es la reencarnación de uno de los canes que acompañaron a  Shackleton en su atropellada aventura antártica a bordo del Endurance. Por otro lado, el amigo Thor es todo un personaje, y aprecio en él una especial querencia por todo lo histórico, a tenor de la excitación que le producen los dólmenes y algún que otro yacimiento ibero. Excitación que normalmente culmina con el fluir de sus aguas menores. Ni la una ni el otro tienen pedigrí, algo que me enorgullece y los hace más cercanos a mi humilde persona; contándose entre mis ancestros, personajes tan dispares como el más famoso de los bandoleros españoles y un beatificado obispo almeriense.

Pirámide Escalonada del faraón Zoser
Frente a la Pirámide Escalonada
El alba, decía, se pronuncia con las primeras luces, y con ellas, se perfila la silueta de la Pirámide menfita que observo pendida de la pared frontal a mi mesa de estudio.
No está sola esta Pirámide que adorna el muro de mi habitáculo, de este sancta sanctorum del hogar donde puedo explayar trabajo y aficiones, y donde, sin temor a ser constantemente recriminado, puedo solazarme en el mal hábito de fumar un cigarrillo. No está sola, apuntaba, la Pirámide del faraón Zoser, o mejor, de Imhotep. La acompañan algunas piezas de diógenes diletante que he ido acumulando con el pasar del tiempo. Reparo en una acuarela (una aberración artística, diría) con La danza de Matisse que un buen día me dio por realizar tras un viaje a Niza; una hermosa reproducción de la Madonna de las Rocas de Filippo Lippi, adquirida en un almacén de embargos; una preciosa foto de mi hija en Roma, bajo palio del Arco de Tito, donde, aparte de la extraordinaria belleza del ser de mis entrañas, se observa en detalle el relieve en el cual las tropas romanas se alzan con los trofeos del Templo de Jerusalén; otra fotografía donde nuevamente aparecen mis niñas frente a la armoniosa estructura de la Capilla Pazzi, obra de Brunelleschi; un estupendo grabado coloreado a mano que reproduce el momento en que Cromwell disuelve el Parlamento inglés; otro más, a partir del Leónidas en las Termópilas de Jacques Louis David; y, entre muchas otras reliquias de nulo valor económico, pero de enorme trascendencia sentimental, una carta del ilustre Miguel Delibes que Silvia, mi fiel compañera, conserva enmarcada, y por la que recibo constantes amonestaciones por enturbiar el cristal que la protege con el humo del tabaco.
Si dirijo la mirada a los altos del mobiliario que hace las veces de biblioteca de este particular refugio, aparecen algunas esculturas de factura clásica; caprichos concedidos por un taller de cerámica amigo: una copia de la Venus de Milo, excesivamente esmaltada a mi gusto, y otra de la diosa Hebe, sustentando su elixir de la eterna juventud, son dos de las más distinguidas.

Hebe, diosa de la eterna juventud
Hebe, diosa de la eterna juventud

¿A qué obedece esta digresión a modo de inventario? Habrá quién se pregunte. A dos causas, diría. Una de ellas, no lo negaré, a dar contento a este apacible amanecer dominguero con la simple contemplación de lo que tengo más a mano. Así, esperando la visita de Calíope, que andará aún librándose del tenaz abrazo de Morfeo, doy rienda suelta  al éxtasis contemplativo.
Pero aún hay otra, más prosaica si se quiere, y que se ciñe a esa disciplina que toda entrada a un blog requiere para acertar a escribir sobre un asunto concreto: de Imhotep toca hoy el discurso; y de Imhotep, o Imutes, del griego, como se le nombra en muchos otros textos (en eso de las transcripciones egipcias anda la egiptología española aún muy dispersa), hoy hablaremos.

¿Qué tienen en común Matisse, Filippo Lippi, Brunelleschi, David, o Miguel Delibes? Son grandes artistas, responderíamos al unísono a modo de catecismo ¿Qué cosa son El Arco de Tito, la Capilla Pazzi, la Venus de Milo, o la Pirámide Escalonada de Saqqara?  Son obras del arte universal, volveríamos a responder como obedientes catecúmenos.
Y pregunto nuevamente, haciendo las veces de catequista de la comunidad: ¿Quién fue Imhotep? Imhotep fue el primer nombre en la Historia del Arte, concluiríamos.

Cierto, el nombre del maestro que dotó a la piedra de nuevas formas y complejidades, cuya obra de más de cuatro milenios aún perdura en las arenas de Saqqara, es el primer artista conocido del que se tiene constancia.

 

Imhotep

En el Museo Imhotep de Saqqara se expone, a modo de bienvenida, un pedestal descubierto en el interior del recinto real correspondiente a una representación, posiblemente sedente, del faraón Zoser. El hallazgo fue fruto de una de esas campañas que se llevaron a cabo durante las primeras décadas del siglo XX en la necrópolis menfita. Concretamente en la correspondiente a los años 1925 a 1926, bajo dirección de los británicos Cecil Firth y James Edward Quibell. A ese equipo, cabe señalar, se les uniría un joven arquitecto francés llamado Jean-Philippe Lauer, toda una eminencia en lo tocante al trabajo de campo, no en vano dedicó su vida entera, casi centenaria, a descubrir y lustrar los vestigios de esta desértica meseta.
La inscripción acerca de Imhotep que hay grabada en la pieza es de lo más revelador:

Canciller del rey en el Bajo Egipto, Primero después del Rey del Alto Egipto, Administrador del Gran Palacio, Noble Heredero, Gran Sacerdote de Heliópolis, el carpintero constructor, el escultor, el hacedor de vasijas de piedra.

Llegados a este punto, no puedo por menos que transcribir las palabras del propio Lauer en torno a la importancia de este hallazgo:

Fue en enero de 1926 que Cecil M. Firth descubrió, a cinco metros al sur de las paredes de la Pirámide, y a veinticinco metros de su ángulo sudeste, el precioso zócalo de la estatua de Horus Neteri-khet (nombre de Horus del faraón Zoser) que llevaba cuidadosamente grabado, junto a su serekh, el nombre y toda la titulatura de su ministro Imhotep. Rápidamente transferimos la pieza al Museo del Cairo, donde le fue confiado su estudio a Battiscombe Gunn…
Gunn a continuación transcribió y tradujo los cinco títulos más relevantes que, bajo el nombre de Imhotep, ponían de manifiesto su dedicación al Horus Neteri-khet… Con esta dedicación, indicó Gunn, tenemos un documento único de la época sobre el famoso Imhotep-Imouthès, que constituye quizás la principal característica de este monumento… Solo una relación de gran intimidad entre Zoser e Imhotep habría permitido, de alguna manera, ese autógrafo junto al  Horus Neteri-khet en una estatua que era la primera visible en la entrada del gran complejo monumental…
De este modo, junto a los cinco principales títulos que ostenta, aparecen otros tres más modestos (carpintero constructor, escultor, hacedor de vasijas de piedra) que lo asocian a los tres principales oficios que trabajaron bajo su dirección en la construcción de la morada eterna del faraón Zoser. (Extraído de Jean-Philippe Lauer, Remarques concernant l’inscription d’Imhotep gravée sur le socle de statue de l’Horus Neteri-Kher (roi Djoser), en Studies in Honor of William Kelly Simpson, Volume 2, (ed. Peter Der Manuelian) Boston: Museum of Fine Arts, 1996. pp.493-498)

Nadie duda, a falta de nuevos descubrimientos, que se trata del primer artista en la historia cuyo nombre quedó grabado para la posteridad.
A tenor de esta prueba epigráfica, no ha de resultar extraña la envergadura que el personaje tuvo en sus tiempos, ni tampoco esa suerte de proceso de heroización que culminó con su incorporación al muy nutrido panteón egipcio. No solo esto, sino que hoy día, no es difícil encontrar multitud de hipótesis de adscripción diversa donde la figura de Imhotep tiene un protagonismo especial.
Pero la inscripción, además, confiere veracidad a las palabras de Manetón, sacerdote egipcio de tiempos ptolemaicos, llegadas a nuestros días de fuentes secundarias, donde escribe en su Aegyptiaca lo siguiente:

Tosortro reinó durante 29 años, y de su época es Imutes; éste entre los egipcios es considerado como Asclepio por su ciencia médica, e inventó la construcción por medio de piedras pulidas; y además se preocupó de la escritura.

Aún se presume que Imhotep  pudo bien aplicarse en su labor más allá del reinado de Zoser; todo a resultas de un grafito con su nombre que apareció en la propia meseta de Saqqara a mediados del siglo XX, entre los restos de un inacabado complejo funerario de similar estructura al de Zoser, perteneciente al faraón Sejemjet.
Y abundando en esto de los grafitos e inscripciones, otro de ellos, descubierto en el rocoso paisaje que se extiende a lo largo del Wadi Hammamat, y que es todo un filón para los buscadores de este tipo de tesoros, parece indicar que con Imhotep sirve aquello de: de casta le viene al galgo, pues su padre, Kanofer, ostentaba el título de Jefe de las Obras del país del sur y del norte.
Todo un polímata este Imhotep, cuyo nombre significa El que viene en paz o El que llega en plenitud.


El gran Maestro de Obras

No es aventurado adscribirle, como hace Manetón, la invención de la construcción por medio de piedras pulidas, pues con anterioridad al complejo ideado por él, el uso de la piedra fue escaso y puntual, como así lo prueban los vestigios funerarios hallados en Abidos pertenecientes al periodo anterior a la Tercera Dinastía. Ya en época ptolemaica la idealización del Imhotep arquitecto alcanzó su cenit atribuyéndole un poder intercesor como Inspector de todo lo que el cielo trae, e imputándole el canon constructivo que habría de servir  a todo edificio religioso del momento.

Columnas con capitel papiriforme del patio de la Casa Norte
Columnas con capitel papiriforme del patio de la Casa Norte

El escriba

De su preocupación por la escritura, a excepción de ese libro de piedra que constituye su obra constructora y que manifiesta la enorme influencia del clero heliopolitano en la época, no se conservan textos sapienciales de este maestro, pero por aquello de cuando el río suena agua lleva,  no es inverosímil conjeturar que los hubo, y que fueron de enorme influencia en su momento. Así, en tiempos del Imperio Medio los escribas habían incorporado a sus rituales una suerte de libación vertiendo, antes de emprender la labor, unas gotas de agua de su recipiente en honor al ka de su patrono y maestro espiritual.
Dan también cuenta de todo ello las muchas estatuillas votivas en bronce que se prodigaron durante la Baja Época y perduraron en tiempo helenístico y romano, donde el sabio se representa sentado con el característico faldellín sacerdotal y el casquete que indica su filiación al dios Ptah, y donde se le ve abriendo un rollo de papiro que se encuentra en su regazo. Ya en estos tiempos la figura de Imhotep ha llegado a esa apoteosis que de manera gradual lo ha elevado a los altares.
Para el turista de sol y playa, si se me permite la generalización, una estancia en Menorca no puede obviar la visita a su museo, en Maó, donde, entre muchas otras reliquias que tuvieron su origen en el antiguo intercambio comercial con el Mediterráneo oriental,  podrá disfrutar de una de estas piezas, descubierta en 1974, y que se encuentra en bastante buen estado de conservación.


El dios sanador

La estatuilla menorquina anteriormente citada conserva intacta una inscripción que reza lo siguiente: Imhotep, hijo de Ptah, nacido de Khereduankh.
Tal grado de divinización adquirió Imhotep que fue adscrito al panteón egipcio formando parte de la triada menfita y otorgándole el grado de hijo de Ptah, el primigenio constructor y supremo artesano. Pero más allá de todo esto, a Imhotep se le concedió, debido a su ciencia médica, tal como señala Manetón, el supremo poder sanador. El helenismo, como en tantos otros casos, hizo el resto y sincretizó su figura con la de Asclepio, desarrollándose su culto y la elevación de templos en su nombre a lo largo de todo el territorio: Saqqara, principal enclave de peregrinación; Karnak, Deir el-Medina, Deir el-Bahari, Dendera, Filé, etc.

Mucho hay dicho y escrito sobre Imhotep. Abunda hoy día, no obstante, una amplia bibliografía en torno a sus misterios: su magia, sus conocimientos astronómicos, su ciencia esotérica, su alquimia, etc. Reconozco el poco atractivo que todas estas materias me ofrecen. Las respeto, pero yo, que soy persona de poca elevación intelectual, no acierto a comprenderlas.

El sol penetra con fuerza, apuntando maneras, a través del ventanal de mi habitáculo. Nit y Thor comienzan a corretear aquí y allá persiguiendo un grupo de gorriones que se acercan a beber de los diminutos charcos que se forman con el riego. Advertidos de mi presencia menean nerviosamente sus rabos. Un quejumbroso ladrido de Thor me indica que ha llegado el momento de dejar a Imhotep y sus hazañas para salir a corretear por los campos.

A estas horas, la Pirámide del faraón Zoser luce mejor que nunca pendida en su lugar de honor. 


Lecturas recomendadas:
  • Hurry, Jamieson B. (1926). Imhotep. Londres: Oxford University Press.
  • Jacq, Christian. (2008). Los sabios del Antiguo Egipto. Madrid: La Esfera de los Libros.


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12 oct. 2016

Menfis: una ensoñación.

Hazte enseres de cautiverio, moradora hija de Egipto; porque Menfis será desierto, y será asolada hasta no quedar morador.
Jeremías 46:19



Temprano. Salimos de El Cairo dirección sur hasta la población de Mit Rahina, a unos veinticinco kilómetros de la capital. Atrás queda el insufrible tráfico cairota. Avanzamos en paralelo al discurrir del Nilo, entre unos canales, por una carretera que atraviesa plantaciones y palmerales sazonados de núcleos urbanos.
Final de trayecto. Ponemos pie a tierra y buscamos infructuosamente con la mirada los vestigios de la anciana capital del Reino Antiguo. Una interminable procesión de rústicos tenderetes con souvenirs y un parque, o museo al aire libre, con algunas esculturas dispersas, expuestas a modo de conciliábulo, es todo lo observado. Vence por instantes la frustración.


Ensoñación

Quisiera ser otro, más sabio, más diestro, más versado; y ser capaz de dar expresión a la explosión menfita. Quisiera poseer palabras de escritor, ganarle tiempo al tiempo; y hacer presentes las mil historias de las ancianas dinastías. Quisiera tener pluma ágil, verbo fácil, prosa certera; y evocar el discurso de las milenarias piedras.
Quisiera ser un Herodoto; escuchar a las gentes, recorrer los caminos; y cantarle al mundo, como lo hizo el escriba de Menfis, las proezas del rey Menes. Quisiera, aún siquiera, ser Abd-el-Latif; transitar estremecido por las ruinas, intuir sus trazados, admirar sus portentos; e implorar los recuerdos de la gran urbe. Quisiera ser discípulo de Flinders Petrie; arañar tenazmente el subsuelo, desecar las cenagosas tierras; y dotar de vida con  palabras la admirable estructura de los grandes templos.  

Escribo los nombres de la ciudad aniquilada y extinta, anoto sus grafías con ecos de lamentación, e intento con ello conjurar el pasado; rasgar el sepulcral silencio; vencer a la muerte.

Te invoco Ineb-hedy, ciudad de la blanca muralla; y contigo traigo también a Menes, o Narmer, o quizá Aha, quién sabe, tu fundador y primer legislador. El rey ordena con voz de dioses, y tus gentes se afanan en  ganarle al Gran Río las tierras sobre las que alzarte. Cierran tus lindes y los fortifican con el blanco calizo de los muros, haciéndote inexpugnable;  y en tu interior se suceden las casas de madera y adobe, las plazas, los estanques, los jardines, y los templos y palacios de piedra.

Te invoco a ti Hut-ka-Ptah, nombre que tomaron los griegos y por el que fue conocido todo el Aigyptos. Quisiste dar morada a Ptah, el primigenio constructor, el supremo artesano, y le erigiste un santuario que fue engrandecido por generaciones de tus gobernantes. Aparecieron en el discurrir de los siglos las avenidas y esfinges, y se levantaron columnas, puertas, y pilonos embellecidos de colosales estatuas y bajorrelieves. Ptah te hizo perdurable y te convirtió en la ciudad de los tres mil años; y aún cuando otros enclaves como Tebas o Alejandría disminuyeron tu poder, jamás decayó tu prestigio. Acogiste en tus entrañas milenarias a multitud de peregrinos, seducidos por el dios a quien dotaste de la primordial voluntad creadora de la palabra. A este Ptah alzaste con eminencia sobre el resto del panteón, haciéndole supremo, incluso, al propio Atum. Asociaste, igualmente, su nombre con el de otros dioses, con Sokar, con Tatenen, y hasta con Osiris, forjando inabarcables sus misterios, sincretismos y teologías; y le diste con Sejmet y Nefertem, finalmente, consorte y descendencia, dando forma a la poderosa triada por la que fuiste también conocida. Tus artes y tus técnicas, todo tu quehacer artesanal, en definitiva, floreció bajo la advocación a Path, cuyo nombre perduró en los de Hefesto y Vulcano.

Te invoco Men-Nefer, cuyo título te otorga perfección y belleza perdurables. En tu seno estableciste el canon, las reglas y los modos de todo lo egipcio. De aquí se imaginó la idea de País que adquirió perfección con los siglos; y aquí se alcanzaron con las primeras dinastías las glorias eternas de tu época clásica. Baste elevar la vista por encima de los palmerales  y proyectarla hacia el desierto, donde se perfilan las siluetas de tus obras apuntando a las regiones celestes, cubriendo el espacio que va de Guiza a Dashur. Tu nombre evoca al oro, la plata, la fayenza y el lapislázuli; al sauce, la palmera, el sicomoro, el tamarisco y la acacia. Tu nombre Men-Nefer es el de Menfis, y con este nombre, adoptado por los griegos, aún pervives en nuestras memorias mediterráneas.

Te invoco por último, Anj-tauy, Señora de las Dos Tierras, cuya potestad mantiene unidos a los dos Egiptos, el del Delta y el del Valle. Con este nombre, emblemático, te diste perpetuidad; porque con él concebiste a los reyes y los ungiste, desde los días de tu creación, con el pa sejemty o doble corona. Con este nombre, también, refrendaste el yugo de paz que quedó impuesto, y con este nombre los dioses quedaron complacidos de tu proeza. Tal es así, que no podría el rey ejercer su gobierno sin que Horus y Set, tomando uno el papiro y ciñendo el otro el junco, símbolos de la dualidad, se entregaran a la tarea, sema-tauy, de anudar el vínculo que tú fundaste.



El Museo de Menfis

Contemplar la colosal estatua de Ramsés II, postrada en esa suerte de hangar que la custodia, produce cuanto menos, un cierto desasosiego. Es innegable que su colocación permite admirar con todo lujo de detalles la perfección de su factura; pero, en esencia, queda el regusto de estar velando un hermoso cadáver. Porque este Ramsés no fue esculpido, como tantas obras del progreso artístico, para ser admirado en prisión hecha por hombres. Ocurre en ocasiones, que a uno se le antoja encontrarse en la sala de un taxidermista envuelto de una muerte maquillada.

Coloso de Ramsés II. Museo de Menfis (Mit Rahina)
Coloso de Ramsés II. Museo de Menfis (Mit Rahina)

Me pregunto si hoy, en estos tiempos en los que nada parece escapar al avance del ser humano, sería posible devolverle al Coloso cierta dignidad de la que tuvo en su concepción; algo del prestigio para el que fue diseñado; o, qué menos, librarlo del purgatorio en el que está cautivo.
En tiempos del Imperio Nuevo brilló esta colosal criatura adornando las puertas del Templo de Ptah; la sur, concretamente, que es la orientación en que fue descubierta por el italiano Giovanni Battista Caviglia, bajo auspicios británicos, allá por 1820.
Y en cierto modo, no salió este Ramsés, todo un superviviente, con vocación viajera, porque todos los intentos de llevarlo a otras tierras resultaron vanos. Quizá, quien sabe, ande a la espera que su antigua morada sea algún día restaurada y se le conceda el don de regresar al seno materno.
En esos intentos anduvo el eminente Flinders Petrie a inicios del siglo XX, quién nos cuenta en las memorias de sus excavaciones que el recinto de Ptah ocupaba un espacio tan grande como el Templo de Amón en Karnak.

Silvia, mi fiel compañera, ante la esfinge de alabastro. Museo de Menfis (Mit Rahina)
Silvia, mi fiel compañera, ante la esfinge de alabastro. Museo de Menfis (Mit Rahina)

No puede el turista, o mejor, buscador de historias, expresión que más me gusta, visitar el Museo de Mit Rahina sin toparse en más de una ocasión con la esfinge, conocida como la esfinge de alabastro, que preside el recinto. Curiosamente, no hay inscripción alguna que le de identidad a la pieza, aunque coinciden muchos en asociarla a la reina  Hatshepsut, quizá para envolverla de cierta intriga; pero es más probable se corresponda a los tiempos en que  Amenhotep III se dio a embellecer la ciudad. El debate acerca de su adscripción, de no aparecer nuevas pruebas, quedará sin resolver.

La esfinge al descubierto en los trabajos de excavación
 dirigidos por Flinders Petrie  en 1912.
Fue descubierta por Ernest Mackay en los trabajos de excavación dirigidos por Petrie durante la temporada de 1912, justo en la cara sur del Templo de Ptah, lo que hace muy probable su ubicación entre las colosales estatuas que daban monumental empaque al acceso al recinto. No es desdeñable el volumen de esta criatura benefactora de rostro humano y cuerpo de león, no en vano es la segunda de mayor tamaño encontrada en tierras egipcias; después de la de Guiza, claro está.



Estas dos mencionadas piezas son, posiblemente, las más interesantes de este peculiar museo. Aún hay otras que merecen nuestra especial atención, y que fueron en su día rescatadas de lo que hoy son tristes vestigios que a duras penas se dejan ver entre la suciedad de la moderna urbe; un asunto que por mucha empatía cultural que uno intente ejercitar, se me hace incomprensible.
Avistamos en nuestro paseo la siempre agradable presencia de la diosa Hathor, de ojos almendrados y serena mueca, escapada del templo que en tiempos del omnipresente Ramsés se mandó construir. Advertimos también, en mayestático coro, a los miembros de la famosa Triada menfita; y nos detenemos a observar la base de una de las columnas que sustentaba el Palacio de Merenptah, quien dispuso traer nuevamente la capitalidad del Reino a la ciudad.

Ante la estatua de Ramsés II. Museo de Menfis (Mit Rahina)

Dejamos atrás el recuerdo de la opulenta Menfis, con el antojo de haber presenciado el cumplimiento de las proféticas palabras de Jeremías. Menfis, con el apogeo alejandrino, fue adormeciéndose en un oscuro olvido del que nunca más despertaría. Los tiempos acabarían por derrotar finalmente al gigante dormido; y así, la nueva fe nacida de las palabras de Cristo, le arrebató, con su fiebre iconoclasta a todo resquicio pagano, cualquier intento de resucitar. Finalmente, la estocada de muerte le llegó de mano árabe, cuando sus despojos sirvieron de cantera a la nueva urbe que los hijos de Mahoma se daban a construir.

Me pareció, en un principio, que aquellas tristes trazas de la antigua explosión menfita, no eran sino patéticas caricaturas que, más mal que bien, se habían acomodado para superficial deleite de los turistas. No es así como hoy las veo. Las observo con ojos de ternura, con honda admiración; veo en ellas el mérito del vencedor, del superviviente; y atisbo en sus formas todas las grandezas de Egipto. 


Lecturas recomendadas:
  • Moix, Terenci. (1992). Viaje sentimental a Egipto. Barcelona: Plaza & Janés.
  • Edwards, Amelia B. (2003). Mil millas Nilo arriba. Barcelona: Turismapa, S.L. (Traducción de Rosa Pujol).
  • Flinders Petrie, W. M. (1909). Memphis I. London: School of Archaeology in Egypt, University College, Gower Street, W.C.
  • Herodoto (1992). Historia. Libro II Euterpe. Madrid: Editorial Gredos (Traducción y notas Carlos Schrader). 



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2 oct. 2016

Asuán: rebelión a bordo. El monasterio de San Simeón.

Ramadán era un buen tipo. Más bien bajo y de complexión robusta, hablaba un perfecto castellano, adquirido durante su estancia en Alicante cursando estudios. Me caía bien, y creo que él a mí también me tomó un cierto aprecio. El día que nos despedimos nos dimos un fuerte abrazo; unos ojos vidriosos por la emoción atestiguaban la sinceridad del momento. Tuve a bien en esos instantes obsequiarle con una sustanciosa propina:

—Pero esto es demasiado —me dijo.
—Todo depende —respondí.
—Con esto os podríais haber alojado en el Sheraton.
—¡Qué más dará! Lo que tú me has dado no tiene precio.

Ramadán fue nuestro guía durante un viaje organizado que mi fiel compañera y yo realizamos a Egipto. Como muchos de los guías del país tenía amplios conocimientos históricos, conocimientos que, no especialmente circunscritos a la historia egipcia, iban mucho más allá de los necesarios para ejercer su trabajo. El bueno de Ramadán estaba preparando una tesis acerca de los tutmósidas, y en especial, sobre el reinado de Hatshepsut; la magnífica y hermosa reina Hatshepsut, como solía referirse a ella. La repetida coletilla de nuestro guía aludiendo constantemente a su idolatrada gobernanta fue motivo de guasa en más de una ocasión, principalmente el día que visitamos Deir el-Bahari. Visto en perspectiva, añado la paciencia como una más de sus virtudes.

Habíamos volado desde El Cairo a Asuán para emprender el crucero de rigor por el Nilo. Valga decir que era un recorrido que tenía una duración de diez días, lo que nos permitió seguir un tempo más lento que el de otros de su misma especie.
Tomamos posesión de nuestro camarote. Íbamos a permanecer en la ciudad tres días. El primero de ellos tenía programadas algunas de las típicas actividades: poblado nubio, obelisco inacabado, y para rematar la jornada, un extraño espectáculo de luz y sonido en el Templo de Filae.  El segundo día era de libre disposición y el tercero estaba destinado a visitar Abu Simbel.
Tenía bastante claro lo que quería hacer en nuestro día libre:

—Escucha, Ramadán, mañana vamos a ir a visitar el monasterio de San Simeón —dije.
—Imposible —respondió—. No podéis ir hasta allí solos.
—Está solo a un par de kilómetros. No veo el problema.
Pues lo hay. No puedes saltarte la disciplina de grupo. No estoy autorizado a dejaros ir. Además, aquí hay que ir con la policía turística.
—Pues vamos a ir. Nadie tiene porque saberlo.
—Digo que no.
—Bueno,…. no vamos —concluí con poca convicción.

Al cabo de unas horas Ramadán se me acercó con expresión conspiradora:

—Piensas ir ¿verdad? —me preguntó.
—Pues sí.
—Ya imaginaba. Haremos lo siguiente, vamos a reunir al grupo. Con tres o cuatro más que se apunten organizo la excursión.

No fueron tres o cuatro los que se sumaron. Gracias a una tenaz labor de proselitismo cantando las bondades del cristianismo copto, el grupo entero se apuntó a la aventura. A nuestro guía le tocó prepararlo todo rápidamente: a precio de coste Ramadán, le advertí con sorna. Me devolvió una mirada chisposa acompañada de sonrisa pícara que me hizo soltar una sonora carcajada.

Asuan. Nilo
Asuán. Embarcadero en la ribera occidental del Nilo

Embarcamos en unas falúas que nos llevaron, bordeando por su parte sur la isla Elefantina, hasta un rústico muelle de piedra en la ribera occidental del Nilo. La temperatura era agradable, fresca, incluso; faltaban tan solo unos pocos días para celebrar la Navidad.
Allí esperaba un grupo de camelleros para llevarnos hacia el monasterio. Algunos, no obstante, optamos por caminar; personalmente no tengo especial devoción por montar en camello, por muy folclórica que sea la estampa. Simpatizo, en este caso, con las lúcidas apreciaciones que la escritora y egiptóloga Amelia Edwards realizó en 1877  en su Mil millas Nilo arriba, un extraordinario relato, no exento del tufillo elitista victoriano, que gracias a la traducción de Rosa Pujol, adquirí en el Museo Egipcio de Barcelona«Hoy día los paseos en camello que se hacen en Assuán son de lo más tópico... Los árabes realizan estos pequeños trayectos mucho más placentera y expeditivamente a lomos de burro. Tienen buen cuidado, de hecho, en no trepar a un camello, si pueden evitarlo. Pero para el viajero impresionable, el camello de Assuán es de rigueur... El hacer que un camello se siente o se levante, son representaciones expresamente diseñadas para infligir un completo dolor corporal al jinete... Sin embargo, cabalgarlo es aún más complicado que sus articulaciones, y más insufrible que su carácter. Tiene cuatro pasos: el paso de paseo corto, como el bamboleo de un bote con mar rizada; otro paso de paseo largo que te disloca todos los huesos del cuerpo; un trote que te reduce la imbecilidad; y un galope que significa la muerte súbita».

Asuán. Camelleros
Asuán. Camelleros
No tardando mucho, comenzamos a vislumbrar la silueta, mimetizada en el desértico paisaje, de lo que fuera el próspero monasterio de San Simeón, o mejor, del monasterio de Anba Hatre, como se le denomina en las fuentes coptas y árabes. San Simeón, pero no el estilita sino el conocido como el curtidor, es el nombre que se le dio en época reciente por arqueólogos y viajeros.

Transitando por aquel solitario paraje, uno no puede por menos que retrotraerse a los incipientes tiempos del cristianismo egipcio y sentir, a muy diminuta escala, algo de aquella persuasión con la que el desierto logró cautivar a los ascetas. Porque fue aquí, en el País del Nilo, y también simultáneamente en las soledades del desierto sirio, allá por los siglos III y IV de nuestra era, donde algunos creyentes se entregaron a Dios a través de la apotaxia o renuncia al mundo. Con ellos comenzó el tiempo de los llamados Padres (y Madres) del desierto, una nueva forma de entender la espiritualidad, el monaquismo, que se expandiría por toda la cristiandad.
Aparecieron pronto las primeras hagiografías, configurando un género literario propio, donde se narraban las peripecias de aquellos creyentes en busca del don de la impasibilidad o apatheia. Fue la Vida de Antonio, escrita por Atanasio, una de las que tuvo mayor predicamento por el mundo romano de aquel entonces. Pero especial mención merece la labor de Pacomio, dotando lo que inicialmente fue una vocación eremita o en soledad, de una nueva dimensión a través del coenobĭum, esto es, el cenobitismo o la vida en comunidad.
No tardaron algunos de los prohombres de la cristiandad en loar las virtudes de los ascetas egipcios; por ejemplo Jerónimo, con las Vidas de Hilarión y Pablo el ermitaño, así como en su traducción del griego al latín de las Reglas de Pacomio, primera regulación de la vida monástica que se conserva. En este sentido, los Padres capadocios miraron con admiración a sus homólogos coptos y Evagrio Póntico se dio a la labor de sistematizar todas aquellas enseñanzas recibidas en el día a día del cenobio.
Al poco, corrieron entre las comunidades cristianas algunas recopilaciones que daban cuenta de todo ese avivamiento espiritual, una llama que parecía arder con mayor vigor entre las arenas de la Tebaida: la Historia monachorum in Aegypto, atribuida a un discípulo de Rufino de Aquilea, y la Historia Lausíaca escrita por el gálata Paladio, ya a inicios del siglo V, dan cuenta de ello.

monasterio de Anba Hatre
Monasterio de Anba Hatre

A la entrada del amurallado monasterio un anciano, que resultó ser de lo más dicharachero que había entre el paisanaje, nos esperaba para hacernos de guía.
El monasterio de Anba Hatre (también llamado de Abu Hadri o Deir Amba Samaan) fue construido a finales del siglo VI e inicios del VII. Pero en los siglos X y XI se llevó una importante reconstrucción, añadiéndose sus estructuras más relevantes. Durante este tiempo alcanzó su momento de mayor actividad. En el año 1173 fue atacado por Saladino, quien se había hecho con el control del sultanato egipcio, destituyendo la dinastía fatimí. El territorio de Asuán era clave para asegurarse la zona fronteriza con Nubia. No obstante, las actividades del cenobio continuaron adelante. Una crónica-inventario del siglo XIII realizada por el sacerdote copto Abu al-Makarim (atribuida erróneamente a  Abu Salih el armenio) da cuenta que el enclave seguía en activo por esa época: «Hay también aquí un monasterio del santo Abû Hadrî, que se encuentra en las montañas del oeste y está habitado por monjes». Se calcula que albergaba a unos 300 monjes, y que a su vez podía dar cobijo a cientos de peregrinos.
No muchos años después, se sabe, el lugar fue abandonado. Las fuentes consultadas indican un escueto abandono por escasez de agua. Le pregunté a nuestro anciano guía acerca de esta cuestión, a lo que respondió, con gran profusión de movimiento de manos señalando extramuros, que anteriormente el cauce del Nilo  pasaba muy cerca del enclave. Cuando el río varió su cauce, la falta de un abastecimiento regular de agua imposibilitó la vida de aquella comunidad de monjes. De la veracidad de la explicación, valga decir, no me hago responsable. Otras fuentes señalan el año 1321 como la fecha en que fue abandonado a causa de las muchas incursiones de los saqueadores del desierto. 
El monasterio debe su nombre a un anacoreta, Anba Hantre, también citado como Hadra o Hadri,  que tras un retiro de varios años siguiendo el ejemplo de San Antonio, llegó a ser nombrado obispo de Asuán a finales del siglo IV  por Teófilo de Alejandría, un patriarca cuya memoria queda algo oscurecida por las formas en que reprimió el paganismo.


Asuán. Monasterio de Anba Hatre.

La visita discurrió según sus fueros; amenizada en todo momento por el anciano guía, quien tenía una especial querencia, rayana en la picardía, al grupo formado por mi fiel compañera y tres amigas de una población del Maresme con quiénes habíamos entablado una cordial relación.
A pesar del estado ruinoso del conjunto fue fácil distinguir las diversas estructuras del mismo, destacando el abovedado corredor, que se encuentra en el interior de la gran torre que preside el recinto, con las austeras celdas de los monjes distribuidas a ambos lados. Llegado el momento hicimos una simpática parada en el recorrido; el guía nos hizo tomar asiento sobre las bases circulares de piedra que cubrían el suelo del antiguo refectorio, y allí continuamos la charla al tiempo que nos obsequió con una taza de té.

Asuán. Monasterio de Anba Hatre. Iglesia construida en el siglo XI.
Asuán. Monasterio de Anba Hatre. Iglesia construida en el siglo XI.

En la terraza inferior del recinto destacan los restos de la iglesia, en los que curiosamente aún pueden observarse importantes trazas de los frescos que la cubrían. En el correspondiente al ábside central aparece clara la representación de un pantocrátor. En sus tiempos el habitáculo estaba coronado de las típicas cúpulas oblongas del periodo fatimí. Hoy día no se conserva nada de ellas.
Continuamos la visita distinguiendo, aquí y allá, los hornos para cerámica, las prensas para aceite, diferentes estancias de almacenaje, tumbas, etc. Pero nuestro simpático cicerone guardaba su as en la manga para el broche final. Con aire misterioso nos invitó a seguirlo hasta el extremo sur del recinto. Allí, anexa a la muralla, una amplia estancia en la que se podía distinguir su estructura en forma de arcos, resaltaba del resto.

—¿Qué pensáis que esto? —preguntó el guía.
—Una biblioteca —respondí rápidamente con bastante petulancia.

Cada miembro del grupo dio su parecer a la cuestión:

—Para guardar los camellos
—Una cocina
—Unas celdas de castigo —concluyó algún descabellado.

El anciano se marcó un silencio escénico mientras dejaba escapar una sonrisa socarrona; en aquel instante intuí lo que podría ser. Sabedor que había captado nuestra completa atención se puso en cuclillas  y apretó con fuerza el rostro. Todos entendimos lo que aquello significaba. El espacio se lleno de carcajadas. El anciano guía mostraba una expresión de lo más satisfactoria, fue su cariñosa y escatológica despedida.

Ya caída la noche, mientras cenábamos en nuestro barco, Ramadán se felicitaba por todas las declaraciones en positivo que le llegaban de la excursión.
Aquel día, que se originó con un pueril acto de rebeldía, marcó un punto de inflexión que nos deparó momentos muy felices a lo largo del crucero.


Lecturas recomendadas:
  • Meinardus, Otto. (1999). Two Thousand Years of Coptic Christianity. El Cairo: The American University in Cairo Press.
  • France, Anatole. (2013). Tais. Madrid: Reino de Cordelia. (Edición de la traducción de Luis Ruiz Contreras, revisada y prologada por Luis Alberto de Cuenca).
  • Edwards, Amelia B. (2003). Mil millas Nilo arriba. Barcelona: Turismapa, S.L. (Traducción de Rosa Pujol).



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