21 nov. 2016

Roma: un viejo cuaderno de notas.

Tengo sobre mi mesa un viejo cuaderno de notas que había quedado en el olvido. Son apuntes, con caligrafía nerviosa y casi inteligible, que tomé hace ya una década durante una estancia en Roma.
Se encontraba sepultado este cuaderno entre muchos papeles y libros, cumpliendo penitencia por eso de que lo novedoso, o si se quiere, lo digital, siempre se nos antoja mejor a lo antiguo. Aunque convendrán muchos conmigo en sostener que para esto de conservar recuerdos, el papel y la tinta ofrece en ocasiones mayores garantías que los medios digitales.
Siquiera como excepción, esta es mi experiencia, pues no son pocos los escritos y fotografías que por mi mala cabeza se han echado a perder en una larga procesión de dispositivos desahuciados.

¡Bendito blog! Y aunque solo sirva para deleite propio, se convierte en afortunada excusa que redime recuerdos que andaban ya difusos en esa divisoria que se encuentra entre lo soñado y lo vivido. 




Sostengo en mis manos el cuaderno; es físico: soporte papel, en expresión que hoy día se utiliza para distinguir de los ebooks al libro de toda la vida. No hay temor a que pueda diluirse por las virtuales nubes que saturan el espacio cibernético, o a que un pernicioso malware pueda dar al traste con su contenido. Me pertenece por entero sin necesidad de comprar dominio alguno. No necesita, tampoco, de la aquiescencia de ninguna importante plataforma digital, como Blogger o Wordpress. Tampoco le importan, valga decir, las impresiones que en eso de los posicionamientos pueda causarle al todopoderoso Google.
El cuaderno es simpático; por ese motivo lo escogí, entre muchos, en una librería que se hallaba en los alrededores de la Piazza Navona. Simula su portada una edición de La Eneida, de esas que a principios, y hasta mediados del siglo pasado, se usaban en las escuelas italianas para introducir a niños y jóvenes en el conocimiento de los clásicos.
A medida que hojeo sus páginas se amontonan, con extraordinaria viveza, instantáneas de aquellos días indolentes (entiéndanse en su sentido menos peyorativo) en los que me dejé caer por Roma con el único propósito de saborear, en plena soledad, algunos de sus más emblemáticos rincones. La indolencia, magníficamente expresada como il dolce far niente, y la soledad voluntaria, hasta cierto punto egoísta diría, son dos componentes que dotan de una atmósfera especial cualquier aventura viajera.
Así, revestidos los recuerdos de esa áurea épica que otorga el paso del tiempo, van tomando forma, color y olor, los espectros del pasado. Son detalles sencillos, pueriles incluso, sin valor alguno para cualquiera de los mortales. Momentos que a duras penas a nadie interesan. Pero para mí, simple de ambiciones por naturaleza, alcanzan un alto rango en el escalafón de las cosas vividas.
Guarda este cuaderno muchas de esas ociosidades de aquella estancia: ¡Hice tanto, haciendo tan poco!

Y ya sea por vanidad, o por el simple hecho de contentarme con su enumeración, resuelvo en este escrito dar sumaria cuenta de algunas, tan solo algunas, de ellas.

Aparecen las Termas de Caracalla como en un sueño. No es este sueño una componenda retórica. Se trata de la más prosaica y romana —hora sexta— de todas las ensoñaciones: la siesta.
Fueron cerca de cuatro horas las que permanecí dormitando sobre el césped que adorna los alrededores de este descomunal complejo de piedra despellejada por el pasar del tiempo. Bien mirado, y visto en perspectiva, aquello no fue en verdad una siesta al uso. Creo yo que caí en un estado de trance, aunque no sé verdaderamente la razón. Doy fe que no tomo sustancia psicotrópica alguna, a no ser que los espagueti y la copa de vino que me sirvió de almuerzo en una franquicia de comidas en Plaza Venecia contuvieran alguna.
Con todo, algo hay de hipnótico en ese gigantesco esqueleto de piedra y ladrillo; algo que doblega el espíritu e invita a dejar volar la imaginación.

Pero Roma alberga también en sus entrañas reinos de fantasía que en otros tiempos asombraron al mundo. Ocurre así con la Domus Áurea, ese gran desvarío neroniano del que Suetonio dio cuenta en su Vitae Caesarum. Tuve la gran suerte de visitarla días antes que la clausuraran al público. Creo que aún sigue vetada al turismo a causa de las muchas restauraciones que precisa. Andan ingenieros y arqueólogos tratando de minimizar  los perjudiciales efectos de las filtraciones de agua que se producen y debilitan su estructura.

Escribe Marcel Proust, en una refinada reflexión deudora del magisterio ruskiniano, que no hay días más intensamente vividos que aquellos pasados en compañía de un buen libro. Días, añade, en apariencia intrascendentes, sin otra obsesión que la de dedicarse a lo que describe como un placer divino. Tienen esas páginas leídas, prosigue Proust, el poder de conjurar a posteriori instantáneas de vivencias pretéritas, evocando situaciones y lugares que quedaron casi relegadas en el no ser.
Y así ocurrió en esta Roma del dolce far niente, donde me di al goce de acompañar la soledad con algunas lecturas que guardaba en mi carpeta de pendientes. De este modo, cada vez que tomo entre mis manos el Viatge a Itàlia (traducción al catalán de Rafael M. Bofill) de Goethe, vuelvo de nuevo al Palatino, donde me deleito en cada uno de sus rincones. Sirve el diario italiano del maestro alemán para hilvanar los caminos que atraviesan este fundacional montículo; lugar donde se dice fueron amamantados aquellos Rómulo y Remo por la loba Luperca. Irrumpen en la memoria, igualmente, las piedras palatinas que sirvieron de estructura a residencias y templos; y retomo los trazados de la Casa de Livia, del Hipódromo de Domiciano, del Estadio, o de ese Criptopórtico donde cuentan que Calígula fue asesinado por sus pretorianos: Obro bé el ulls i veig —escribe Goethe—, vaig, torno i retorno, perquè sols a Roma pot hom preparar-se per a Roma.





Cuenta mi viejo cuaderno con bastantes notas improvisadas tomadas en calles, iglesias, exposiciones y museos. Muchas son simples datos a cuenta de algún personaje o acontecimiento; otras, por el contrario, reflejan la impronta causada por lo observado. En la Galeria Borghese, por ejemplo, la belleza escultórica que allí se ampara, suscitó no pocas de ellas.
Transcribo algunas de estas observaciones escritas a mano alzada:

La escultura de Paulina Borghese (la hermana de Napoleón) realizada por Antonio Canova es de una perfección irresistible (1807-neoclasicismo). La rodeo admirando la elegancia de sus formas. Me sorprende su refinamiento, los pliegues de su túnica que a duras penas tapan el cuerpo desnudo.  Inclusive los almohadones sobre los que está recostada son admirables. Aunque idealizado, su rostro se asemeja a los retratos de María Leticia, su madre. La nariz es bonapartista, no hay duda. Esta fue la hermana predilecta del Emperador; la única, creo, que fue a visitarlo a su exilio en Elba.
Sostiene en su mano la manzana que la representa como la Venus Victoriosa, y se muestra orgullosa mirando, casi descaradamente, a los visitantes. (Sobre la escultura, en el centro de la bóveda, un fresco con El Juicio de Paris. Minerva, Juno, Venus. Paris otorga el trofeo a Venus).
Las obras de Bernini son una maravilla. Estoy entusiasmado. Barroco pero con clara inspiración clásica. Quedo impresionado frente al David. Rostro severo, concentrado. La mueca transmite el dramatismo del momento; es humana, sobrecogedora. El cuerpo tensionado recoge el instante en que se dispone a lanzar la piedra. El giro del torso es asombroso; Bernini es un genio.
El Apolo y Dafne es quizá una de las esculturas más bellas que he visto. Capta el instante en que Apolo logra asir a Dafne y ésta comienza su transformación en laurel ¡Qué delicadeza la de esa mano tomando la cintura de la amada perseguida! Hay que observar esta escena detenidamente desde todos sus ángulos, pero es recomendable comenzar por su parte trasera, donde solo se aprecia la figura de Apolo, precedida de ese remolino formado por su ropaje. Nada, desde esta posición hace sospechar lo que encierra la obra. A partir de aquí, rodeándola por su lado derecho, se va revelando el misterio.
Me detengo en el virtuosismo de las hojas talladas y permanezco atónito por esa expresión de Dafne con la boca entreabierta. No sabría expresar si es terror o sorpresa. Por contra, la expresión de Apolo se me antoja más clásica, con menor fuerza dramática.
Pero esa mano sobre la desnudez de Dafne me tiene ensimismado. Es de una sensualidad tremenda.
En la base de la escultura hay un epígrafe mandado colocar por el cardenal Sergio Borghese. Justifica el erotismo de la composición. Reza más o menos lo siguiente: todo aquel que vaya en pos de lo lujurioso verá trastocar sus deseos en amargura.

Es el cuaderno de notas como un buen vino; y aún me ha de servir este blog para consignar en futuras ocasiones muchas de las vivencias, historias y rincones que encierra. Bastó esta entrada para descorcharlo y apreciar, como en los caldos con solera, ciertos aromas y matices que esconde. Pero queda prorrogada su degustación; sorbo a sorbo, y a ser posible, en buena copa.

Dejémosle que tome, después de tantos años en reserva, un tiempo de oxigenación.
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6 nov. 2016

Saqqara: mastaba de Mereruka, la vida en escena

Resulta paradójico, en cierto modo, adentrarse en la solemnidad de los feudos de Sokar para descubrir la esencia vital del Antiguo Egipto.
En ocasiones se da el capricho, desde que el hombre se ocupa de entender al hombre, que el mensaje de la vida se nos proyecta y revela, casi de forma exclusiva, desde terrenos donde gobierna la muerte. Y en esas tesituras se las ven muchas veces arqueólogos e historiadores, infiriendo de esos restos desahuciados, los torrentes de vida que en otros tiempos discurrían en plenitud sobre la faz de la tierra.
Pero en Saqqara, como por ensalmo, la mirada escrutadora del buscador de historias sucumbe, a sabiendas de lo artificioso de esa mirada, al síndrome pompeyano, o mejor, en expresión utilizada por la llamada nueva arqueología nacida en el siglo pasado: premisa Pompeya. Y es que aquí se le ofrece al visitante lo que en Mit Rahina le ha sido negado. Porque la gran necrópolis que se guarece entre estas arenas que se expanden sin horizonte alguno que las contenga, se nos antoja ahora un gran teatro donde se escenifica, pormenorizada, la vida.
Veo a Menfis en Saqqara. Distingo la ciudad pujante y observo a sus gentes del momento en la cotidianidad de actividades y celebraciones. Se funden bajo un mismo cielo las antiguas formas de los primeros reyes y se generan las nuevas, uniformadas todas por el ocre del desierto. Se abre en Saqqara el libro de la vida en forma de piedra tallada y relieves, de estructuras y signos, de pinturas y formas. Aquí la muerte se hace elocuente, parlanchina incluso, para contarnos una historia que pertenece al mundo de los vivos.



La mastaba de Mereruka

Atravesando el complejo funerario del rey Zoser en dirección norte, aparece, junto a la Pirámide de Teti, un extraordinario conjunto de mastabas en piedra pertenecientes a altos dignatarios del Reino Antiguo. El entorno es confortable y al buscador de historias, antes de adentrarse en uno de estos recintos, le inunda la sensación de andar paseando en la placidez de una mañana dominguera por cualquier moderna urbanización de un país cualquiera. Es muy probable, por esa distorsión pompeyana antes citada, que uno pueda imaginar de esta guisa cualquier paseo por la zona más pudiente de la extinta ciudad de Menfis. Aún nos faltan las gentes en su ir y venir diario, los jardines y estanques, los vendedores de hortalizas, frutas y pescado; falta toda actividad de tejedores, ganaderos, cazadores, carpinteros, orfebres y músicos; pero, en definitiva ¿no es acaso este enclave un modelo de lo que allí se dio? ¿no se revistieron los sarcófagos de olvido y muerte con incontables señales de lo vivido? Porque, en esencia, esto es la mastaba: un escenario, una superestructura que se conecta con la vida ultraterrena y que otorga a su difunto una continuidad. 
Pero más allá de esa litúrgica resurrección-perpetuación que el egipcio concibe como verdadera, en la mastaba resucitan y se perpetuán todos los signos de una antigua civilización. 
Todo ello: en sus muros lo encontraréis, escribe Terenci Moix.

Bajo relieve de la mastaba de Mereruka. Ganadería en el Imperio Antiguo. (Jaques de Morgan, Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux)

Me dirijo a la tumba de Mereruka con esa excitación que antecede a los grandes encuentros. Reparo en unos operarios egipcios que andan trajinando en unos muros bajos de su lado este. Se entretienen en reparar los desperfectos de unos sillares con una pasta confeccionada de igual color y textura a la piedra. Escribo “se entretienen” por esa parsimonia que aparentan en su trabajo. Me detengo un buen rato a observarlos haciendo cábalas sobre las verdaderas intenciones de esa labor. ¿No serán parte de ese folclore que, junto a camelleros, conductores de asnos y demás, se concentra en los lugares turísticos buscando su sustento?
Tan ofuscado estoy en esas presunciones que uno de ellos, advertido, quizá, de mi estampa de turista bobalicón, se me acerca paleta y recipiente en mano invitándome a empastar una zona dañada; tarea a la que me entrego halagado con la mayor de las emociones. ¡Acabáramos! pienso, ahora toca aflojar propina. Curiosamente, el hombre se niega a aceptarla, por más que insisto en ello, y de este modo, entre amplias sonrisas y expresiones de cordialidad, retomo el paso hacia la entrada de la mastaba.

Descubrimiento y difusión
La mastaba de Mereruka fue descubierta en 1893 por el francés Jacques de Morgan, quien por esas fechas estaba al cargo del Servicio de  Antigüedades de Egipto. El nombre de Morgan, aunque menos mediático que los de Mariette, Maspero, Petrie, y algunos otros, bien puede inscribirse por su buen hacer en la distinguida lista de los padres de la egiptología moderna. Cuenta en su haber, además, el descubrimiento en Susa de la famosa estela con el Código de Hammurabi.
Morgan publicó en 1896 Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux. En sus páginas aparecen algunos dibujos de los relieves que adornan las paredes del recinto, y que el autor utilizó para ilustrar su estudio.
En homenaje a Morgan incluiré esos mismos dibujos para dar cierta dignidad a este humilde post. Aunque, he de confesar, no conservo foto alguna del lugar, tan solo algunas secuencias de video que aguardan, quién sabe por cuánto tiempo, pendientes de digitalizar. Y sí, en eso de las fotografías, más cuando concentro toda mi atención en lo observado, soy perezoso, y mi fiel compañera también, un asunto que llevamos con cierto arrepentimiento y que poco a poco vamos subsanando gracias a las facilidades que ofrecen los teléfonos móviles.
Siguiendo el curso de la narración, pocos años después, en 1898, Georges Daressy, miembro del equipo responsable del Museo de Bulaq, providencial origen del actual Museo de El Cairo, publicó Le Mastaba de Mera, dando sumaria cuenta de las inscripciones jeroglíficas halladas en el recinto.
Habría que esperar a 1907 para que aparecieran publicadas las primeras fotografías. El honor le corresponde al egiptólogo belga Jean Capart, quién incluyó en su estudio Une rue de tombeaux à Saqqarah, dos de ellas. Una, quizá la más difundida desde entonces, es la que se corresponde a esa sala de ofrendas que contiene en un nicho, o falsa puerta, la representación del Ka de Mereruka en posición de atravesar ese umbral que lo separa del más allá. En la otra, de lo más costumbrista y familiar, aparece el difunto apaciblemente sentado sobre un canapé disfrutando de las destrezas musicales de su esposa. 
Siguiendo con eso de los homenajes, eufemismo que ratifica la falta de material propio, incluiré esas dos fotos en esta entrada.

Seshseshet tocando el arpa ante su esposo Mereruka (Jean Capart, Une rue de tombeaux à Saqqarah)

Seshseshet tocando el arpa ante su esposo Mereruka (Jean Capart, Une rue de tombeaux à Saqqarah)
Más tarde, los trabajos en la zona del británico Cecil Firth durante la campaña de 1921-1922 despejaron por completo la tumba, incluidas las cámaras funerarias. Dio cuenta de ello en 1926 con su Excavations at Saqqara; Teti pyramid cemeteries.
Ya por último, en 1936, bajo el patrocinio del magnate norteamericano John D. Rockefeller Jr., una expedición del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, dirigida por Prentice Duell, realiza un exhaustivo trabajo de campo en el enclave.  Fruto de ello, aparece en 1938 una espléndida publicación en dos volúmenes, donde se detalla, con profusión de fotografías y dibujos, todo lo relativo al monumento.

Mereruka
En cuestión de cargos, títulos y honores, hay que tomar cuidado con todo lo egipcio; no sea que llevado de una ambición enciclopedista, el buscador de historias se pierda en los dilatadísimos listados que adornan  los nombres de los más célebres personajes. La querencia del egipcio a inflar su currículo, aún a costa de los de sus antecesores, no ha de extrañarnos.
Bien pensado, siempre ha sido así, y no andamos muy lejos de ello en estos tiempos actuales. Y es que el afán de notoriedad, de vendernos a los demás, y, en definitiva, de anunciarnos al mundo con nuestras mejores galas, parece algo intrínseco a la naturaleza humana. ¿No son acaso las redes sociales un amplio escaparate de nuestras vidas? ¿No se hace un uso manipulador de ellas para proyectar nuestros logros y bondades, escondiendo nuestras miserias? Me pregunto, incluso, si el simple hecho de escribir un blog no es sino una sublimación de mis propias carencias.
No les andamos a la zaga, en esto de darnos postín, a los antiguos egipcios.
Con todo ¡Bendita trascendencia! pues de otro modo hubiese quedado en el olvido, que es la muerte, la memoria de nuestros ancestros.

Con Mereruka, al que se le cuentan más de 84 títulos, por mor de la concisión, impera no extenderse: Mereruka fue canciller (primer magistrado) del faraón Teti. El canciller presidía la administración del Estado, y era, a su vez, juez supremo.
Nos encontramos a inicios de la Dinastía VI, momento en el cual el poder de las noblezas locales iba en aumento, llegando a propiciar una gradual decadencia de la monarquía menfita que acabó dando término al llamado Reino, o Imperio Antiguo.
Hay un dato que resulta significativo, y es que durante el reinado de este faraón hizo aparición un nuevo título que llegó a ser recurrente, incluso hereditario: gran jefe de un nomo. Lo que atestigua el aumento de gobernadores locales que cada vez se distanciaban más de la esfera centralizadora.
Otra prueba de esa pujante influencia de la aristocracia cortesana del momento la constituye la política matrimonial del faraón. Teti,   buscando el beneplácito de estos nobles, dio en matrimonio a dos de sus hijas. Una de ellas a Kagemni y otra al propio Mererunka. Ambos, dicho sea entre paréntesis, nombrados chatys o cancilleres, y ambos convecinos de mastaba por toda la posteridad en ese círculo de íntimos, congregados en torno a la pirámide del faraón.

La vida en escena
En realidad, la mastaba alberga tres cámaras funerarias pertenecientes a Mereruka, a su esposa la princesa Seshseshet, y a uno de sus hijos, Meriteti. El conjunto, con sus 31 estancias, se presenta espléndido, el más extenso de este tipo, y junto a las mastabas de Kagemni y Ti, entre otras, es uno de los mejores ejemplos de las fases finales en la evolución de este modelo de enterramiento.

Rodeado de todo un festival iconográfico, faltan horas, ojos y sabiduría para saborear con detalle el festín. Se amontonan sobre los muros las estampas de otros tiempos. Se obliga el buscador a entrenar la vista y concentrarse en las figuras, las escenas y las formas que aparecen en un hacinamiento que no carece de significado. Falta tiempo para el detalle y espacio para el deleite.
Porque no está solo el visitante, le acompañan otras gentes, de otros puntos geográficos y otras lenguas, que al igual que él quieren conocer las maravillas egipcias. Pero el buscador quisiera por momentos abrir el libro de la vida en soledad, sin intermediarios que perturben una paz necesaria; y en estas cuitas por querer asimilarlo todo, atraviesa por un sinfín de ánimos: la excitación primera, a la que se sucede la ansiedad, y después de ésta, la resignación.
Pero no han caído en saco roto las muchas batallas que ha presentado el buscador, y aún sin él saberlo, lo han convertido en todo un veterano en estas lides; pues en poco, rehecho ya de sus heridas, se da con renovado envite a la tarea de escudriñar el entorno.

¡El Nilo! ¡Siempre el Nilo! Aparece omnipresente en la cotidianidad del egipcio. En este laberinto de formas naturalistas no pasa desapercibido su protagonismo. Se aprecia e intuye el fluir de sus aguas a través de los muros. Allí está, sustentando una barca hecha de juncos desde donde los pescadores extraen sus redes rebosantes; en sus riberas, salpicadas de lotos y papiros, se alimenta la nutria, la rana y toda suerte de insectos; descansa allí el pelícano, una más de las criaturas sacralizadas por esta religión que  adquiere sus emblemas de la naturaleza.
Abundan los relieves de pesca, y en todos ellos el río no escatima sus dones. No aborrece el egipcio de su sostén, porque el Nilo es la fuente primordial, el espacio vital donde acontece lo sublime y lo cotidiano (¿no son acaso lo mismo?) de la cultura.
Unos valientes se adentran en una zona pantanosa donde la naturaleza es primitiva y salvaje. Abundan en el paraje las grullas, las garzas y un amplio espectro de aves acuáticas. Los valientes van a la zaga de estas criaturas. Las aves se ocultan entre la abundante vegetación, pero el egipcio, que ha aprendido a adiestrar a la mangosta, logra encontrar sus nidos.

Escena de caza en las marismas. (Jaques de Morgan, Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux)

Bajo la barca de juncos, la vida fluye en toda su crudeza; el cocodrilo y el hipopótamo habitan el lugar, y se enfrascan en una feroz lucha por la supervivencia. No pasan inadvertidas al buscador las terribles fauces abiertas del hipopótamo dando cuenta, en lo que aparenta una batalla desigual, de un gran cocodrilo nilótico.
No escapa tampoco el hipopótamo al cazador, por más que la bestia se embosque entre el frondoso ramaje acuático. El egipcio se alza en su bote, que se nos antoja frágil, poca cosa para la envergadura del animal; pero su arpón es certero y no dará tregua a la presa hasta que caiga rendida.
Barcas y más barcas. Aparecen a tropel en estas preñadas paredes. Barcas de todo tipo, tamaño y estructuras. Barcas que discurren y se hacen obligadas en la fecunda y prolongada arteria que, de Asuán al Mediterráneo, va hilvanando en una misma entidad a pueblos y ciudades.
Observo a unos conductores de ganado en ese trajín fatigoso de guiar las reses a través de las aguas. Otros preparan los astados para  su transporte; forcejean en mil poses indescriptibles llenas de comicidad. ¿Quién dijo que el arte egipcio era excesivamente solemne y estático?

Leones y perros cazando. (Jaques de Morgan, Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux)
Leones y perros cazando. (Jaques de Morgan, Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux)

En otra escena, distingo un vergel donde el difunto podrá solazarse en su otra vida. Unos siervos acarrean el agua que vierten sobre un terreno acanalado. Crecen con delicados cuidados multitud de arbustos. Mereruka y su prole se muestran complacidos.
Y no le ha de faltar complacencia a Mereruka por los bienes acaparados para esa otra existencia que se le avecina. Pues no hay estancia que se precie en la que no rezume la abundancia. Se aprecian inacabables, aburridas incluso, las muchas procesiones y cortejos de siervos y sacerdotes portando toda suerte de recursos. Las ofrendas se atropellan unas a otras, abigarradas en una orgía visual que no tiene parangón. Ofrendas para Mereruka, para Meriteti, y también para Seshseshet, delicada en sus formas tocando el arpa o inspirando el aroma vital de la flor de loto que lleva en su mano.

Portadores de ofrendas. (Jaques de Morgan, Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux)
Portadores de ofrendas. (Jaques de Morgan, Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux)

Toda suerte de aves, de peces, de ganado, de frutos, de mil manjares, de aceites, joyas, ungüentos, y un largo etcétera, se suceden hasta la saciedad y se amontonan en multitud de cofres y vasijas con un descaro de opulencia que se antoja, por momentos, hasta ofensivo.

Resultaría un escrito in extenso pasar revista a cada una de las estampas de cotidianidad que adornan el lugar. Son multitud, y a cuál de ellas más descriptiva: el pastor cuidando sus rebaños; el campesino arando la tierra, segando la mies, aventando el grano; ordeñando las reses y domesticando al antílope; prensando la uva y elaborando el vino. Orfebres fundiendo y dando forma a los metales preciosos; carpinteros, escultores, fabricantes de vasijas; o escribas, capataces, administradores, recaudadores y funcionarios varios cumpliendo sus cometidos.

Bajo relieve de la tumba de Mereruka representando la fabricación de vasos de piedra. (Jaques de Morgan, Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux)
Bajo relieve de la tumba de Mereruka representando la fabricación de vasos de piedra. (Jaques de Morgan, Recherches sur les origines de l'Égypte; l'âge de la pierre et les métaux)

Sorprenden, en este sentido, algunas representaciones, pues no todo discurre de forma idílica en este Egipto industrioso y de la abundancia.  Así, las escenas en las que se imparte castigo físico a unos pobres desdichados no pasan desapercibidas, adquiriendo especial relevancia la del desventurado que asido al poste de la ignominia, recibe en sus carnes la justiciera disciplina del flagelo; ¡plástica advertencia para los que osan rebelarse al tributo impuesto!
En contrapartida, por aquello de reconciliarnos con la inocencia, no faltan los relieves de niños y jóvenes dándose a los juegos y a las acrobáticas danzas.
Y no podría faltar tampoco, en este collage de vida y muerte, el convincente cortejo de plañideras, quienes entre lamentos y sollozos, arrancándose los cabellos, despiden con efusión al fallecido.


El tiempo, implacable, nos indica que llegó hora de abandonar el lugar. A duras penas puede el buscador encontrar un hueco en la estancia donde se encuentra el nicho que contiene la figura del dignatario.

Cámara de las ofrendas. Falsa puerta con la estatua de Mereruka (Jean Capart, Une rue de tombeaux à Saqqarah)
Cámara de las ofrendas. Falsa puerta con la estatua de Mereruka (Jean Capart, Une rue de tombeaux à Saqqarah)

Es, no hay duda, la principal atracción del recinto. Aquí, más que en ningún otro rincón, los guías turísticos se explayan a conciencia; elevan sus voces y las acompañan de expresión severa y aspavientos.
Presiento que ese otro yo del difunto no es ajeno a toda esta reunión de fieles. Diría que avanza, cabeza en alto y rostro sonriente (así lo define Maspero en su Histoire ancienne des peuples de l'Orient) por esa pequeña escalinata, situada a pies de su guarida, para mezclarse entre esta multiétnica congregación.

Si así fuera, Mereruka nos hablaría acerca de su vida y hazañas; nos narraría, con un lenguaje universal, viejas historias del Antiguo Egipto.


Lecturas recomendadas:

Duell, Prentice (1938). The mastaba of Mereruka. Chicago: The University of Chicago Press.


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