Hazte enseres de cautiverio, moradora hija de Egipto;
porque Menfis será desierto, y será asolada hasta no quedar morador.
Jeremías
46:19
Temprano. Salimos de El Cairo dirección sur hasta la
población de Mit Rahina, a unos veinticinco
kilómetros de la capital. Atrás queda el insufrible tráfico cairota. Avanzamos
en paralelo al discurrir del Nilo, entre unos canales, por una carretera que
atraviesa plantaciones y palmerales sazonados de núcleos urbanos.
Final de trayecto. Ponemos
pie a tierra y buscamos infructuosamente con la mirada los vestigios de la anciana
capital del Reino Antiguo. Una interminable
procesión de rústicos tenderetes con souvenirs
y un parque, o museo al aire libre, con algunas esculturas dispersas, expuestas
a modo de conciliábulo, es todo lo observado. Vence por instantes la
frustración.
Ensoñación
Quisiera ser otro, más sabio, más diestro, más versado;
y ser capaz de dar expresión a la explosión menfita. Quisiera poseer palabras
de escritor, ganarle tiempo al tiempo; y hacer presentes las mil historias de
las ancianas dinastías. Quisiera tener pluma ágil, verbo fácil, prosa certera; y
evocar el discurso de las milenarias piedras.
Quisiera ser un Herodoto; escuchar a las gentes,
recorrer los caminos; y cantarle al mundo, como lo hizo el escriba de Menfis,
las proezas del rey Menes. Quisiera, aún siquiera, ser Abd-el-Latif; transitar
estremecido por las ruinas, intuir sus trazados, admirar sus portentos; e implorar
los recuerdos de la gran urbe. Quisiera ser discípulo de Flinders Petrie;
arañar tenazmente el subsuelo, desecar las cenagosas tierras; y dotar de vida
con palabras la admirable estructura de los grandes templos.
Escribo los nombres de la ciudad aniquilada y extinta,
anoto sus grafías con ecos de lamentación, e intento con ello conjurar el
pasado; rasgar el sepulcral silencio; vencer a la muerte.
Te invoco Ineb-hedy,
ciudad de la blanca muralla; y contigo traigo también a Menes, o Narmer, o
quizá Aha, quién sabe, tu fundador y primer legislador. El rey ordena con voz
de dioses, y tus gentes se afanan en ganarle
al Gran Río las tierras sobre las que alzarte. Cierran tus lindes y los
fortifican con el blanco calizo de los muros, haciéndote inexpugnable; y en tu interior se suceden las casas de
madera y adobe, las plazas, los estanques, los jardines, y los templos y
palacios de piedra.
Te invoco a ti Hut-ka-Ptah,
nombre que tomaron los griegos y por el que fue conocido todo el Aigyptos. Quisiste
dar morada a Ptah, el primigenio constructor, el supremo artesano, y le
erigiste un santuario que fue engrandecido por generaciones de tus gobernantes.
Aparecieron en el discurrir de los siglos las avenidas y esfinges, y se
levantaron columnas, puertas, y pilonos embellecidos de colosales estatuas y
bajorrelieves. Ptah te hizo perdurable y te convirtió en la ciudad de los tres
mil años; y aún cuando otros enclaves como Tebas o Alejandría disminuyeron tu poder,
jamás decayó tu prestigio. Acogiste en tus entrañas milenarias a multitud de
peregrinos, seducidos por el dios a quien dotaste de la primordial voluntad
creadora de la palabra. A este Ptah alzaste con eminencia sobre el resto del
panteón, haciéndole supremo, incluso, al propio Atum. Asociaste, igualmente, su
nombre con el de otros dioses, con Sokar, con Tatenen, y hasta con Osiris, forjando
inabarcables sus misterios, sincretismos y teologías; y le diste con Sejmet y
Nefertem, finalmente, consorte y descendencia, dando forma a la poderosa triada
por la que fuiste también conocida. Tus artes y tus técnicas, todo tu quehacer
artesanal, en definitiva, floreció bajo la advocación a Path, cuyo nombre perduró
en los de Hefesto y Vulcano.
Te invoco Men-Nefer,
cuyo título te otorga perfección y belleza perdurables. En tu seno estableciste
el canon, las reglas y los modos de todo lo egipcio. De aquí se imaginó la idea
de País que adquirió perfección con los siglos; y aquí se alcanzaron con las
primeras dinastías las glorias eternas de tu época clásica. Baste elevar la
vista por encima de los palmerales y proyectarla
hacia el desierto, donde se perfilan las siluetas de tus obras apuntando a las regiones
celestes, cubriendo el espacio que va de Guiza a Dashur. Tu nombre evoca al oro,
la plata, la fayenza y el lapislázuli; al sauce, la palmera, el sicomoro, el
tamarisco y la acacia. Tu nombre Men-Nefer es el de Menfis, y con este nombre,
adoptado por los griegos, aún pervives en nuestras memorias mediterráneas.
Te invoco por último, Anj-tauy, Señora de las Dos Tierras, cuya potestad mantiene unidos a
los dos Egiptos, el del Delta y el del Valle. Con este nombre, emblemático, te
diste perpetuidad; porque con él concebiste a los reyes y los ungiste, desde
los días de tu creación, con el pa sejemty o doble corona. Con este nombre,
también, refrendaste el yugo de paz que quedó impuesto, y con este nombre los
dioses quedaron complacidos de tu proeza. Tal es así, que no podría el rey
ejercer su gobierno sin que Horus y Set, tomando uno el papiro y ciñendo el
otro el junco, símbolos de la dualidad, se entregaran a la tarea, sema-tauy, de
anudar el vínculo que tú fundaste.
El Museo de Menfis
Contemplar la colosal estatua de Ramsés II, postrada
en esa suerte de hangar que la custodia, produce cuanto menos, un cierto
desasosiego. Es innegable que su colocación permite admirar con todo lujo de detalles
la perfección de su factura; pero, en esencia, queda el regusto de estar velando
un hermoso cadáver. Porque este Ramsés no fue esculpido, como tantas obras del
progreso artístico, para ser admirado en prisión hecha por hombres. Ocurre en
ocasiones, que a uno se le antoja encontrarse en la sala de un taxidermista
envuelto de una muerte maquillada.
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Coloso de Ramsés II. Museo de Menfis (Mit Rahina) |
Me pregunto si hoy, en
estos tiempos en los que nada parece escapar al avance del ser humano, sería
posible devolverle al Coloso cierta dignidad de la que tuvo en su concepción;
algo del prestigio para el que fue diseñado; o, qué menos, librarlo del
purgatorio en el que está cautivo.
En tiempos del Imperio Nuevo brilló esta colosal
criatura adornando las puertas del Templo
de Ptah; la sur, concretamente, que es la orientación en que fue
descubierta por el italiano Giovanni
Battista Caviglia, bajo auspicios británicos, allá por 1820.
Y en cierto modo, no
salió este Ramsés, todo un superviviente, con vocación viajera, porque todos los
intentos de llevarlo a otras tierras resultaron vanos. Quizá, quien sabe, ande
a la espera que su antigua morada sea algún día restaurada y se le conceda el
don de regresar al seno materno.
En esos intentos anduvo
el eminente Flinders Petrie a
inicios del siglo XX, quién nos cuenta en las memorias de sus excavaciones que
el recinto de Ptah ocupaba un espacio tan grande como el Templo de Amón en
Karnak.
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Silvia, mi fiel compañera, ante la esfinge de alabastro. Museo de Menfis (Mit Rahina) |
No puede el turista, o
mejor, buscador de historias,
expresión que más me gusta, visitar el Museo de Mit Rahina sin toparse en más
de una ocasión con la esfinge, conocida como la esfinge de alabastro, que preside el recinto. Curiosamente, no hay
inscripción alguna que le de identidad a la pieza, aunque coinciden muchos en
asociarla a la reina Hatshepsut, quizá para envolverla de cierta
intriga; pero es más probable se corresponda a los tiempos en que Amenhotep
III se dio a embellecer la ciudad. El debate acerca de su adscripción, de
no aparecer nuevas pruebas, quedará sin resolver.
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La esfinge al descubierto en los trabajos de excavación dirigidos por Flinders Petrie en 1912. |
Fue descubierta por Ernest
Mackay en los trabajos de excavación dirigidos por Petrie durante la temporada
de 1912, justo en la cara sur del Templo de Ptah, lo que hace muy probable su
ubicación entre las colosales estatuas que daban monumental empaque al acceso
al recinto. No es desdeñable el volumen de esta criatura benefactora de rostro
humano y cuerpo de león, no en vano es la segunda de mayor tamaño encontrada en
tierras egipcias; después de la de Guiza, claro está.
Estas dos mencionadas
piezas son, posiblemente, las más interesantes de este peculiar museo. Aún hay
otras que merecen nuestra especial atención, y que fueron en su día rescatadas
de lo que hoy son tristes vestigios que a duras penas se dejan ver entre la
suciedad de la moderna urbe; un asunto que por mucha empatía cultural que uno
intente ejercitar, se me hace incomprensible.
Avistamos en nuestro
paseo la siempre agradable presencia de la diosa Hathor, de ojos almendrados y serena mueca, escapada del templo que
en tiempos del omnipresente Ramsés se mandó construir. Advertimos también, en
mayestático coro, a los miembros de la famosa Triada menfita; y nos detenemos a observar la base de una de las
columnas que sustentaba el Palacio de Merenptah,
quien dispuso traer nuevamente la capitalidad del Reino a la ciudad.
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Ante la estatua de Ramsés II. Museo de Menfis (Mit Rahina) |
Dejamos atrás el
recuerdo de la opulenta Menfis, con el antojo de haber presenciado el
cumplimiento de las proféticas palabras de Jeremías. Menfis, con el apogeo
alejandrino, fue adormeciéndose en un oscuro olvido del que nunca más
despertaría. Los tiempos acabarían por derrotar finalmente al gigante dormido;
y así, la nueva fe nacida de las palabras de Cristo, le arrebató, con su fiebre
iconoclasta a todo resquicio pagano, cualquier intento de resucitar.
Finalmente, la estocada de muerte le llegó de mano árabe, cuando sus despojos
sirvieron de cantera a la nueva urbe que los hijos de Mahoma se daban a
construir.
Me
pareció, en un principio, que aquellas tristes trazas de la antigua explosión
menfita, no eran sino patéticas caricaturas que, más mal que bien, se habían
acomodado para superficial deleite de los turistas. No es así como hoy las veo.
Las observo con ojos de ternura, con honda admiración; veo en ellas el mérito
del vencedor, del superviviente; y atisbo en sus formas todas las grandezas de
Egipto.
Lecturas
recomendadas:
- Moix, Terenci. (1992). Viaje sentimental a Egipto. Barcelona: Plaza & Janés.
- Edwards, Amelia B. (2003). Mil millas Nilo arriba. Barcelona: Turismapa, S.L. (Traducción de Rosa Pujol).
- Flinders Petrie, W. M. (1909). Memphis I. London: School of Archaeology in Egypt, University College, Gower Street, W.C.
- Herodoto (1992). Historia. Libro II Euterpe. Madrid: Editorial Gredos (Traducción y notas Carlos Schrader).
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