12 oct. 2016

Menfis: una ensoñación.

Hazte enseres de cautiverio, moradora hija de Egipto; porque Menfis será desierto, y será asolada hasta no quedar morador.
Jeremías 46:19



Temprano. Salimos de El Cairo dirección sur hasta la población de Mit Rahina, a unos veinticinco kilómetros de la capital. Atrás queda el insufrible tráfico cairota. Avanzamos en paralelo al discurrir del Nilo, entre unos canales, por una carretera que atraviesa plantaciones y palmerales sazonados de núcleos urbanos.
Final de trayecto. Ponemos pie a tierra y buscamos infructuosamente con la mirada los vestigios de la anciana capital del Reino Antiguo. Una interminable procesión de rústicos tenderetes con souvenirs y un parque, o museo al aire libre, con algunas esculturas dispersas, expuestas a modo de conciliábulo, es todo lo observado. Vence por instantes la frustración.


Ensoñación

Quisiera ser otro, más sabio, más diestro, más versado; y ser capaz de dar expresión a la explosión menfita. Quisiera poseer palabras de escritor, ganarle tiempo al tiempo; y hacer presentes las mil historias de las ancianas dinastías. Quisiera tener pluma ágil, verbo fácil, prosa certera; y evocar el discurso de las milenarias piedras.
Quisiera ser un Herodoto; escuchar a las gentes, recorrer los caminos; y cantarle al mundo, como lo hizo el escriba de Menfis, las proezas del rey Menes. Quisiera, aún siquiera, ser Abd-el-Latif; transitar estremecido por las ruinas, intuir sus trazados, admirar sus portentos; e implorar los recuerdos de la gran urbe. Quisiera ser discípulo de Flinders Petrie; arañar tenazmente el subsuelo, desecar las cenagosas tierras; y dotar de vida con  palabras la admirable estructura de los grandes templos.  

Escribo los nombres de la ciudad aniquilada y extinta, anoto sus grafías con ecos de lamentación, e intento con ello conjurar el pasado; rasgar el sepulcral silencio; vencer a la muerte.

Te invoco Ineb-hedy, ciudad de la blanca muralla; y contigo traigo también a Menes, o Narmer, o quizá Aha, quién sabe, tu fundador y primer legislador. El rey ordena con voz de dioses, y tus gentes se afanan en  ganarle al Gran Río las tierras sobre las que alzarte. Cierran tus lindes y los fortifican con el blanco calizo de los muros, haciéndote inexpugnable;  y en tu interior se suceden las casas de madera y adobe, las plazas, los estanques, los jardines, y los templos y palacios de piedra.

Te invoco a ti Hut-ka-Ptah, nombre que tomaron los griegos y por el que fue conocido todo el Aigyptos. Quisiste dar morada a Ptah, el primigenio constructor, el supremo artesano, y le erigiste un santuario que fue engrandecido por generaciones de tus gobernantes. Aparecieron en el discurrir de los siglos las avenidas y esfinges, y se levantaron columnas, puertas, y pilonos embellecidos de colosales estatuas y bajorrelieves. Ptah te hizo perdurable y te convirtió en la ciudad de los tres mil años; y aún cuando otros enclaves como Tebas o Alejandría disminuyeron tu poder, jamás decayó tu prestigio. Acogiste en tus entrañas milenarias a multitud de peregrinos, seducidos por el dios a quien dotaste de la primordial voluntad creadora de la palabra. A este Ptah alzaste con eminencia sobre el resto del panteón, haciéndole supremo, incluso, al propio Atum. Asociaste, igualmente, su nombre con el de otros dioses, con Sokar, con Tatenen, y hasta con Osiris, forjando inabarcables sus misterios, sincretismos y teologías; y le diste con Sejmet y Nefertem, finalmente, consorte y descendencia, dando forma a la poderosa triada por la que fuiste también conocida. Tus artes y tus técnicas, todo tu quehacer artesanal, en definitiva, floreció bajo la advocación a Path, cuyo nombre perduró en los de Hefesto y Vulcano.

Te invoco Men-Nefer, cuyo título te otorga perfección y belleza perdurables. En tu seno estableciste el canon, las reglas y los modos de todo lo egipcio. De aquí se imaginó la idea de País que adquirió perfección con los siglos; y aquí se alcanzaron con las primeras dinastías las glorias eternas de tu época clásica. Baste elevar la vista por encima de los palmerales  y proyectarla hacia el desierto, donde se perfilan las siluetas de tus obras apuntando a las regiones celestes, cubriendo el espacio que va de Guiza a Dashur. Tu nombre evoca al oro, la plata, la fayenza y el lapislázuli; al sauce, la palmera, el sicomoro, el tamarisco y la acacia. Tu nombre Men-Nefer es el de Menfis, y con este nombre, adoptado por los griegos, aún pervives en nuestras memorias mediterráneas.

Te invoco por último, Anj-tauy, Señora de las Dos Tierras, cuya potestad mantiene unidos a los dos Egiptos, el del Delta y el del Valle. Con este nombre, emblemático, te diste perpetuidad; porque con él concebiste a los reyes y los ungiste, desde los días de tu creación, con el pa sejemty o doble corona. Con este nombre, también, refrendaste el yugo de paz que quedó impuesto, y con este nombre los dioses quedaron complacidos de tu proeza. Tal es así, que no podría el rey ejercer su gobierno sin que Horus y Set, tomando uno el papiro y ciñendo el otro el junco, símbolos de la dualidad, se entregaran a la tarea, sema-tauy, de anudar el vínculo que tú fundaste.



El Museo de Menfis

Contemplar la colosal estatua de Ramsés II, postrada en esa suerte de hangar que la custodia, produce cuanto menos, un cierto desasosiego. Es innegable que su colocación permite admirar con todo lujo de detalles la perfección de su factura; pero, en esencia, queda el regusto de estar velando un hermoso cadáver. Porque este Ramsés no fue esculpido, como tantas obras del progreso artístico, para ser admirado en prisión hecha por hombres. Ocurre en ocasiones, que a uno se le antoja encontrarse en la sala de un taxidermista envuelto de una muerte maquillada.

Coloso de Ramsés II. Museo de Menfis (Mit Rahina)
Coloso de Ramsés II. Museo de Menfis (Mit Rahina)

Me pregunto si hoy, en estos tiempos en los que nada parece escapar al avance del ser humano, sería posible devolverle al Coloso cierta dignidad de la que tuvo en su concepción; algo del prestigio para el que fue diseñado; o, qué menos, librarlo del purgatorio en el que está cautivo.
En tiempos del Imperio Nuevo brilló esta colosal criatura adornando las puertas del Templo de Ptah; la sur, concretamente, que es la orientación en que fue descubierta por el italiano Giovanni Battista Caviglia, bajo auspicios británicos, allá por 1820.
Y en cierto modo, no salió este Ramsés, todo un superviviente, con vocación viajera, porque todos los intentos de llevarlo a otras tierras resultaron vanos. Quizá, quien sabe, ande a la espera que su antigua morada sea algún día restaurada y se le conceda el don de regresar al seno materno.
En esos intentos anduvo el eminente Flinders Petrie a inicios del siglo XX, quién nos cuenta en las memorias de sus excavaciones que el recinto de Ptah ocupaba un espacio tan grande como el Templo de Amón en Karnak.

Silvia, mi fiel compañera, ante la esfinge de alabastro. Museo de Menfis (Mit Rahina)
Silvia, mi fiel compañera, ante la esfinge de alabastro. Museo de Menfis (Mit Rahina)

No puede el turista, o mejor, buscador de historias, expresión que más me gusta, visitar el Museo de Mit Rahina sin toparse en más de una ocasión con la esfinge, conocida como la esfinge de alabastro, que preside el recinto. Curiosamente, no hay inscripción alguna que le de identidad a la pieza, aunque coinciden muchos en asociarla a la reina  Hatshepsut, quizá para envolverla de cierta intriga; pero es más probable se corresponda a los tiempos en que  Amenhotep III se dio a embellecer la ciudad. El debate acerca de su adscripción, de no aparecer nuevas pruebas, quedará sin resolver.

La esfinge al descubierto en los trabajos de excavación
 dirigidos por Flinders Petrie  en 1912.
Fue descubierta por Ernest Mackay en los trabajos de excavación dirigidos por Petrie durante la temporada de 1912, justo en la cara sur del Templo de Ptah, lo que hace muy probable su ubicación entre las colosales estatuas que daban monumental empaque al acceso al recinto. No es desdeñable el volumen de esta criatura benefactora de rostro humano y cuerpo de león, no en vano es la segunda de mayor tamaño encontrada en tierras egipcias; después de la de Guiza, claro está.



Estas dos mencionadas piezas son, posiblemente, las más interesantes de este peculiar museo. Aún hay otras que merecen nuestra especial atención, y que fueron en su día rescatadas de lo que hoy son tristes vestigios que a duras penas se dejan ver entre la suciedad de la moderna urbe; un asunto que por mucha empatía cultural que uno intente ejercitar, se me hace incomprensible.
Avistamos en nuestro paseo la siempre agradable presencia de la diosa Hathor, de ojos almendrados y serena mueca, escapada del templo que en tiempos del omnipresente Ramsés se mandó construir. Advertimos también, en mayestático coro, a los miembros de la famosa Triada menfita; y nos detenemos a observar la base de una de las columnas que sustentaba el Palacio de Merenptah, quien dispuso traer nuevamente la capitalidad del Reino a la ciudad.

Ante la estatua de Ramsés II. Museo de Menfis (Mit Rahina)

Dejamos atrás el recuerdo de la opulenta Menfis, con el antojo de haber presenciado el cumplimiento de las proféticas palabras de Jeremías. Menfis, con el apogeo alejandrino, fue adormeciéndose en un oscuro olvido del que nunca más despertaría. Los tiempos acabarían por derrotar finalmente al gigante dormido; y así, la nueva fe nacida de las palabras de Cristo, le arrebató, con su fiebre iconoclasta a todo resquicio pagano, cualquier intento de resucitar. Finalmente, la estocada de muerte le llegó de mano árabe, cuando sus despojos sirvieron de cantera a la nueva urbe que los hijos de Mahoma se daban a construir.

Me pareció, en un principio, que aquellas tristes trazas de la antigua explosión menfita, no eran sino patéticas caricaturas que, más mal que bien, se habían acomodado para superficial deleite de los turistas. No es así como hoy las veo. Las observo con ojos de ternura, con honda admiración; veo en ellas el mérito del vencedor, del superviviente; y atisbo en sus formas todas las grandezas de Egipto. 


Lecturas recomendadas:
  • Moix, Terenci. (1992). Viaje sentimental a Egipto. Barcelona: Plaza & Janés.
  • Edwards, Amelia B. (2003). Mil millas Nilo arriba. Barcelona: Turismapa, S.L. (Traducción de Rosa Pujol).
  • Flinders Petrie, W. M. (1909). Memphis I. London: School of Archaeology in Egypt, University College, Gower Street, W.C.
  • Herodoto (1992). Historia. Libro II Euterpe. Madrid: Editorial Gredos (Traducción y notas Carlos Schrader). 



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