21 nov. 2016

Roma: un viejo cuaderno de notas.

Tengo sobre mi mesa un viejo cuaderno de notas que había quedado en el olvido. Son apuntes, con caligrafía nerviosa y casi inteligible, que tomé hace ya una década durante una estancia en Roma.
Se encontraba sepultado este cuaderno entre muchos papeles y libros, cumpliendo penitencia por eso de que lo novedoso, o si se quiere, lo digital, siempre se nos antoja mejor a lo antiguo. Aunque convendrán muchos conmigo en sostener que para esto de conservar recuerdos, el papel y la tinta ofrece en ocasiones mayores garantías que los medios digitales.
Siquiera como excepción, esta es mi experiencia, pues no son pocos los escritos y fotografías que por mi mala cabeza se han echado a perder en una larga procesión de dispositivos desahuciados.

¡Bendito blog! Y aunque solo sirva para deleite propio, se convierte en afortunada excusa que redime recuerdos que andaban ya difusos en esa divisoria que se encuentra entre lo soñado y lo vivido. 




Sostengo en mis manos el cuaderno; es físico: soporte papel, en expresión que hoy día se utiliza para distinguir de los ebooks al libro de toda la vida. No hay temor a que pueda diluirse por las virtuales nubes que saturan el espacio cibernético, o a que un pernicioso malware pueda dar al traste con su contenido. Me pertenece por entero sin necesidad de comprar dominio alguno. No necesita, tampoco, de la aquiescencia de ninguna importante plataforma digital, como Blogger o Wordpress. Tampoco le importan, valga decir, las impresiones que en eso de los posicionamientos pueda causarle al todopoderoso Google.
El cuaderno es simpático; por ese motivo lo escogí, entre muchos, en una librería que se hallaba en los alrededores de la Piazza Navona. Simula su portada una edición de La Eneida, de esas que a principios, y hasta mediados del siglo pasado, se usaban en las escuelas italianas para introducir a niños y jóvenes en el conocimiento de los clásicos.
A medida que hojeo sus páginas se amontonan, con extraordinaria viveza, instantáneas de aquellos días indolentes (entiéndanse en su sentido menos peyorativo) en los que me dejé caer por Roma con el único propósito de saborear, en plena soledad, algunos de sus más emblemáticos rincones. La indolencia, magníficamente expresada como il dolce far niente, y la soledad voluntaria, hasta cierto punto egoísta diría, son dos componentes que dotan de una atmósfera especial cualquier aventura viajera.
Así, revestidos los recuerdos de esa áurea épica que otorga el paso del tiempo, van tomando forma, color y olor, los espectros del pasado. Son detalles sencillos, pueriles incluso, sin valor alguno para cualquiera de los mortales. Momentos que a duras penas a nadie interesan. Pero para mí, simple de ambiciones por naturaleza, alcanzan un alto rango en el escalafón de las cosas vividas.
Guarda este cuaderno muchas de esas ociosidades de aquella estancia: ¡Hice tanto, haciendo tan poco!

Y ya sea por vanidad, o por el simple hecho de contentarme con su enumeración, resuelvo en este escrito dar sumaria cuenta de algunas, tan solo algunas, de ellas.

Aparecen las Termas de Caracalla como en un sueño. No es este sueño una componenda retórica. Se trata de la más prosaica y romana —hora sexta— de todas las ensoñaciones: la siesta.
Fueron cerca de cuatro horas las que permanecí dormitando sobre el césped que adorna los alrededores de este descomunal complejo de piedra despellejada por el pasar del tiempo. Bien mirado, y visto en perspectiva, aquello no fue en verdad una siesta al uso. Creo yo que caí en un estado de trance, aunque no sé verdaderamente la razón. Doy fe que no tomo sustancia psicotrópica alguna, a no ser que los espagueti y la copa de vino que me sirvió de almuerzo en una franquicia de comidas en Plaza Venecia contuvieran alguna.
Con todo, algo hay de hipnótico en ese gigantesco esqueleto de piedra y ladrillo; algo que doblega el espíritu e invita a dejar volar la imaginación.

Pero Roma alberga también en sus entrañas reinos de fantasía que en otros tiempos asombraron al mundo. Ocurre así con la Domus Áurea, ese gran desvarío neroniano del que Suetonio dio cuenta en su Vitae Caesarum. Tuve la gran suerte de visitarla días antes que la clausuraran al público. Creo que aún sigue vetada al turismo a causa de las muchas restauraciones que precisa. Andan ingenieros y arqueólogos tratando de minimizar  los perjudiciales efectos de las filtraciones de agua que se producen y debilitan su estructura.

Escribe Marcel Proust, en una refinada reflexión deudora del magisterio ruskiniano, que no hay días más intensamente vividos que aquellos pasados en compañía de un buen libro. Días, añade, en apariencia intrascendentes, sin otra obsesión que la de dedicarse a lo que describe como un placer divino. Tienen esas páginas leídas, prosigue Proust, el poder de conjurar a posteriori instantáneas de vivencias pretéritas, evocando situaciones y lugares que quedaron casi relegadas en el no ser.
Y así ocurrió en esta Roma del dolce far niente, donde me di al goce de acompañar la soledad con algunas lecturas que guardaba en mi carpeta de pendientes. De este modo, cada vez que tomo entre mis manos el Viatge a Itàlia (traducción al catalán de Rafael M. Bofill) de Goethe, vuelvo de nuevo al Palatino, donde me deleito en cada uno de sus rincones. Sirve el diario italiano del maestro alemán para hilvanar los caminos que atraviesan este fundacional montículo; lugar donde se dice fueron amamantados aquellos Rómulo y Remo por la loba Luperca. Irrumpen en la memoria, igualmente, las piedras palatinas que sirvieron de estructura a residencias y templos; y retomo los trazados de la Casa de Livia, del Hipódromo de Domiciano, del Estadio, o de ese Criptopórtico donde cuentan que Calígula fue asesinado por sus pretorianos: Obro bé el ulls i veig —escribe Goethe—, vaig, torno i retorno, perquè sols a Roma pot hom preparar-se per a Roma.





Cuenta mi viejo cuaderno con bastantes notas improvisadas tomadas en calles, iglesias, exposiciones y museos. Muchas son simples datos a cuenta de algún personaje o acontecimiento; otras, por el contrario, reflejan la impronta causada por lo observado. En la Galeria Borghese, por ejemplo, la belleza escultórica que allí se ampara, suscitó no pocas de ellas.
Transcribo algunas de estas observaciones escritas a mano alzada:

La escultura de Paulina Borghese (la hermana de Napoleón) realizada por Antonio Canova es de una perfección irresistible (1807-neoclasicismo). La rodeo admirando la elegancia de sus formas. Me sorprende su refinamiento, los pliegues de su túnica que a duras penas tapan el cuerpo desnudo.  Inclusive los almohadones sobre los que está recostada son admirables. Aunque idealizado, su rostro se asemeja a los retratos de María Leticia, su madre. La nariz es bonapartista, no hay duda. Esta fue la hermana predilecta del Emperador; la única, creo, que fue a visitarlo a su exilio en Elba.
Sostiene en su mano la manzana que la representa como la Venus Victoriosa, y se muestra orgullosa mirando, casi descaradamente, a los visitantes. (Sobre la escultura, en el centro de la bóveda, un fresco con El Juicio de Paris. Minerva, Juno, Venus. Paris otorga el trofeo a Venus).
Las obras de Bernini son una maravilla. Estoy entusiasmado. Barroco pero con clara inspiración clásica. Quedo impresionado frente al David. Rostro severo, concentrado. La mueca transmite el dramatismo del momento; es humana, sobrecogedora. El cuerpo tensionado recoge el instante en que se dispone a lanzar la piedra. El giro del torso es asombroso; Bernini es un genio.
El Apolo y Dafne es quizá una de las esculturas más bellas que he visto. Capta el instante en que Apolo logra asir a Dafne y ésta comienza su transformación en laurel ¡Qué delicadeza la de esa mano tomando la cintura de la amada perseguida! Hay que observar esta escena detenidamente desde todos sus ángulos, pero es recomendable comenzar por su parte trasera, donde solo se aprecia la figura de Apolo, precedida de ese remolino formado por su ropaje. Nada, desde esta posición hace sospechar lo que encierra la obra. A partir de aquí, rodeándola por su lado derecho, se va revelando el misterio.
Me detengo en el virtuosismo de las hojas talladas y permanezco atónito por esa expresión de Dafne con la boca entreabierta. No sabría expresar si es terror o sorpresa. Por contra, la expresión de Apolo se me antoja más clásica, con menor fuerza dramática.
Pero esa mano sobre la desnudez de Dafne me tiene ensimismado. Es de una sensualidad tremenda.
En la base de la escultura hay un epígrafe mandado colocar por el cardenal Sergio Borghese. Justifica el erotismo de la composición. Reza más o menos lo siguiente: todo aquel que vaya en pos de lo lujurioso verá trastocar sus deseos en amargura.

Es el cuaderno de notas como un buen vino; y aún me ha de servir este blog para consignar en futuras ocasiones muchas de las vivencias, historias y rincones que encierra. Bastó esta entrada para descorcharlo y apreciar, como en los caldos con solera, ciertos aromas y matices que esconde. Pero queda prorrogada su degustación; sorbo a sorbo, y a ser posible, en buena copa.

Dejémosle que tome, después de tantos años en reserva, un tiempo de oxigenación.

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