¡Ah! ¡cómo se ha eclipsado tanta gloria!... ¡Cómo se han perdido
tantos afanes!... ¡Así perecen las obras de los hombres! ¡Así sucumben los
imperios y las naciones!.
Conde de Volney
Desorientados, llevamos varios rodeos, estación arriba, estación abajo, tratando de encontrar la parada del tranvía número nueve que nos ha de llevar al Centro de Documentación. La estampa de turistas peripatéticos parece llamar la atención de un hombre que sale de un edificio de oficinas situado en la Marienstrasse.
—Guten Tag!
—saluda el alemán acercándose con aires de curiosidad.
—Guten Tag! —respondo
algo azorado—. … neun Strassenbahn…
bitte…
El alemán se nos queda
mirando con cierta perplejidad. Ante mi torpeza lingüística, y antes de dar
paso al concurrido recurso del inglés, se impone el uso de un revolucionario y
eficaz método de comunicación: desplegar el plano y aplicar con contundencia el
índice sobre el lugar de destino.
— Dokuzentrum…,
bitte…, Dokuzentrum…, Strassenbahn…
Pausadamente el alemán
se coloca las gafas de lectura que lleva colgadas del cuello y asiente con la
cabeza. Con señal inequívoca nos indica que le sigamos.
Sentados en el tranvía hojeo, por los puntos que llevo señalados, las Memorias*
de Albert Speer, el que diera, entre otras cosas, forma arquitectónica a la
megalomanía hitleriana. Es un tomo de extensión considerable que escribió
durante su confinamiento en Spandau.
Leo: «…en julio de
1933, me llamaron a Núremberg. Se preparaba en esta ciudad el primer Congreso
del Partido desde su entrada en el Gobierno. El poder que había alcanzado el partido victorioso debía tener su
expresión en la arquitectura escénica (la cursiva es mía)».
Efectivamente, nos
acercamos a uno de los escenarios míticos de la geografía ideológica y
propagandística del nacionalsocialismo. En este enclave, en los alrededores del
estanque Dutzendteich, se dieron, entre 1933 y 1938, los Congresos anuales del Partido,
unos fastos que quedaron inmortalizados en El
Triunfo de la Voluntad de Leni Riefenstahl, mítico documental de 1934. El
film, valga decir, supuso para su directora, a la que Speer señala como una
mujer «que manejaba sin miramientos aquel mundo de hombres para lograr sus
fines», la consolidación de sus cualidades artísticas.
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Dokumentationszentrum. Entrada |
Final de trayecto.
Frente a la parada se encuentra a escasos
metros el acceso al Centro, situado en las dependencias del inacabado Palacio
de Congresos. Antes de entrar para visitar la exposición Fascinación y terror, se impone un recorrido por los restos del Zeppelinfeld (Campo de Zeppelin),
denominado así en honor del conde Ferdinand von Zeppelin, a cuenta de las maniobras
que de estos dirigibles se realizaron en este lugar a inicios del siglo XX.
Poco queda del emblemático
complejo ideado por Speer. Enmudecido entre pistas de pruebas, almacenes y
aparcamientos, a duras penas resalta su presencia. Con todo, ahí está,
aleccionando al paseante desde su adormecida tribuna, pedestal en otros tiempos
de arengas e inflamadas oratorias, acerca de los múltiples estragos de la
vanidad.
« Me
engañaba a mí mismo —escribe Speer— al querer olvidar que lo que aquellas obras
tenían que representar era un escenario monumental, como el que ya se había
intentado construir mucho antes, si bien con medios más modestos, en el
parisino Campo de Marte durante la Revolución Francesa». A tal efecto, e inspirándose
en la formidable escalinata helenística flanqueada por dos cuerpos de piedra
del Altar de Pérgamo, el arquitecto diseñó una obra colosal de 390 metros de
largo por 24 de altura. Un escueto «de acuerdo» formulado por el Führer dio vía
libre al proyecto.
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Zeppelinfeld |
Memorias en mano y apostado en
las gradas leo un pasaje más antes de visitar la exposición: «A Hitler le
gustaba explicar que edificaba para legar a la posteridad el espíritu de su
tiempo. Opinaba que, finalmente, lo único que nos hace recordar las grandes
épocas históricas son sus monumentos. ¿Qué quedaba de los emperadores romanos?
¿Qué testimonio habrían dejado si no fuera por sus obras? Hitler afirmaba que
en la historia de un pueblo se dan siempre períodos de declive, y entonces los
monumentos reflejan el poder que tuvo en otro tiempo….Así, las obras del
Imperio Romano permitían a Mussolini remitirse al espíritu heroico de Roma
cuando trataba de divulgar entre su pueblo la idea de un Imperio moderno.
Nuestras obras también tendrían que hablar a la conciencia de la Alemania de
los siglos venideros. Con este argumento Hitler subrayaba también la
importancia de que las construcciones fueran perdurables».
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Kongresshalle |
Desde su acceso suroeste
a través de la Grosse Strasse, la
calle por la que habrían de discurrir las grandes paradas militares y en la que
aún pueden verse en sus laterales restos de pequeñas gradas, se obtienen las
mejores perspectivas del Palacio de Congresos o Kongresshalle. Este gran coliseo, diseñado a imagen y semejanza del
Anfiteatro Flavio por los arquitectos
Ludwig Ruff y su hijo Franz, estaba concebido para albergar a cerca de 50.000
personas, una minucia, en realidad, si se compara al complejo proyectado por
Speer para el Deutsche Stadion, con
capacidad prevista para 400.000.
La exposición Fascinación y terror es toda una
experiencia. Bien estructurada, tiene el mérito de haberse diseñado para todos
los públicos, abundando el material audiovisual. El recorrido cronológico,
focalizado en gran parte en la ciudad de Núremberg, que en su día fue declarada Ciudad de los
Congresos del Partido, nos lleva desde el surgimiento del Partido
Nacionalsocialista hasta los famosos Juicios. No obstante, echamos en falta
ciertos aspectos de la locura nazi que se pasan de soslayo.
Salimos. Paseando a
orillas del estanque extendemos la vista hacia la gran planicie (Reichsparteitag)
que habría de manifestar las glorias del Reich de los Mil Años. Nada hay de aquel aquelarre arquitectónico ideado por Speer a instancias de su
visionario Führer, tan solo unos pocos restos; vestigios que ni tan siquiera
tienen el valor romántico, o testimonial que el arquitecto, inspirado por la
estética de las ruinas dóricas, había defendido con tanto tesón en su Teoría del valor de la ruina. Estas pocas piedras
no exhiben la grandeza de un pueblo, no exudan nobleza por sus ennegrecidos
poros. Se les supone, en todo caso, el valor simbólico de alertar acerca de los
sueños que, transformados en pesadilla, arrastran al ser humano a sus propios
infiernos.
Unos niños tiran trozos
de pan al agua. Al unísono, aparecen a diestra y siniestra del estanque
numerosos patos que, en perfecta formación de escuadra naval, se dirigen al
objetivo. Los pequeños ríen y vociferan animados por el espectáculo. La vida,
efímera, continúa.
* Albert Speer, Memorias, traducción de Ángel Sabrido,
El Acantilado, Barcelona, 2001
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