Quisimos entrar en Eisenach como antaño
entraban sus gentes y visitantes, y a falta de carro, caballo o mulo, cosa que
le hubiese dado una cierta dimensión folclórica al asunto, lo hicimos
caminando a través de su antigua puerta.
La Nikolaitor
es la única puerta que se conserva de la ciudad medieval; aunque en realidad es
una de las torres que fortificaban la muralla en aquel punto de entrada. Para
darle mayor lustre al escenario, y de paso contentar la memoria de su tía
Adelaida, quien fuera abadesa del monasterio benedictino que allí se
encontraba, el landgrave Ludwig III
mandó construir, allá inicios del siglo XII, la Iglesia de San Nicolás (Nikolaikirche),
hecho que humildemente agradecemos al viejo conde, y que dota de mayor
monumentalidad nuestro acceso a la población.
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Nikolaitor y Nikolaikirche |
Curiosamente, por este mismo acceso entró
el quinceañero Martín Lutero en 1498 con el propósito de proseguir con sus estudios. Y si por algún instante el visitante cae en el olvido de tan
ilustre residente, las buenas gentes de Eisenach, en la primavera de 1895,
tuvieron a bien erigir una imponente estatua en su honor.
Efectivamente, traspasado el umbral románico se abre ante nuestros ojos la Karlsplatz, en cuyo centro, y sin intención alguna de pasar desapercibido, se encuentra el Lutherdenkmal (monumento a Lutero). Con pose severa, cual Moisés bajando del Monte Sinaí con las Tablas de la Ley, Biblia en mano y rostro circunspecto, la figura del reformador nos da la bienvenida a Eisenach.
Efectivamente, traspasado el umbral románico se abre ante nuestros ojos la Karlsplatz, en cuyo centro, y sin intención alguna de pasar desapercibido, se encuentra el Lutherdenkmal (monumento a Lutero). Con pose severa, cual Moisés bajando del Monte Sinaí con las Tablas de la Ley, Biblia en mano y rostro circunspecto, la figura del reformador nos da la bienvenida a Eisenach.
Hechas las presentaciones y roto el hielo,
nos acercamos respetuosamente para realizar la fotografía de rigor; un trámite
que cada vez me da más pereza, a resultas de las interminables esperas que
ocasionan nuestros amigos asiáticos y su euforia por fotografiarlo todo. El
conjunto escultórico, obra de Adolf von Donndorf, presenta cuatro relieves en
su pedestal que nos ilustran acerca de la relación de Lutero con Eisenach: el
joven Lutero con Frau Ursula Cotta; Lutero como Junker Jörg; una tercera en la que
vemos al traductor del Nuevo Testamento ocupado en su alcoba de Wartburg; y
finalmente la inscripción «Castillo fuerte es nuestro Dios», inicio del más
repetido himno luterano.
Nuestras pesquisas en torno al rebelde
fraile nos habían llevado con anterioridad a Wartburg, de modo que, por aquello
de seguir las pistas y completar las pruebas, quedaban por descubrir los
avatares del joven Martin en la ciudad. Tomamos la Karlstrasse en dirección a la Lutherhaus.
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Lutero traduciendo el Nuevo Testamento del griego al alemán en Wartburg |
Llegó Lutero a Eisenach como nuevo alumno
de la Georgenschule, escuela latina
anexa a la Iglesia de San Jorge. Lo hacía después de haber pasado por las de
Mansfeld y Magdeburgo; y aquí el joven se las tuvo que ver con la retórica de Cicerón
y la poesía de Virgilio, Ovidio, Plauto o Terencio. Permaneció en Eisenach
cerca de tres años, una ciudad que no le era del todo extraña, pues su madre,
Margarita, había nacido allí y aún contaba con familiares. Uno de ellos, Conrado
Hutter, era sacristán de la Iglesia de San Nicolás. A pesar de ello, el joven
Martín pasó inicialmente ciertas penurias: «No despreciéis –escribiría años más
tarde– a los muchachos que de puerta en puerta van pidiendo el pan por amor de
Dios... También yo he sido un apañador de mendrugos y he mendigado el pan a las
puertas de las casas, especialmente en mi querida ciudad de Eisenach». A todo
esto, cuentan que Frau Ursula Cotta, viuda de elevada condición, escuchando al joven cantar y orar devotamente
en la iglesia, le tomó una entrañable afición, acogiendo al estudiante en su
casa. De modo que, no solo con los Cotta, sino también con los Schalbe, otra distinguida familia, Lutero
encontró un cálido cobijo para aquellos años. Y quién sabe si también, merced a
la arraigada tradición piadosa de estas familias, le fue plantada la semilla
que habría de madurar con su futura vocación a la vida monástica.
La llamada Lutherhaus es una pintoresca casa de entramado de madera que pertenecía a una de las muchas propiedades que la familia Cotta poseía en Eisenach. No se sabe con certeza si realmente el joven estudiante residió en ella, aunque la tradición apunta a que las probabilidades de ello son muy altas. Por nuestra parte, nos produce una cierta sensación de encontrarnos ante una tienda de souvenirs, algo que tampoco le resta demasiado encanto al acontecimiento; no somos en eso excesivamente puristas.
La llamada Lutherhaus es una pintoresca casa de entramado de madera que pertenecía a una de las muchas propiedades que la familia Cotta poseía en Eisenach. No se sabe con certeza si realmente el joven estudiante residió en ella, aunque la tradición apunta a que las probabilidades de ello son muy altas. Por nuestra parte, nos produce una cierta sensación de encontrarnos ante una tienda de souvenirs, algo que tampoco le resta demasiado encanto al acontecimiento; no somos en eso excesivamente puristas.
Eisenach se nos antoja una ciudad
entrañable, con gentes llenas de amabilidad; quizá ahora podemos entender mejor
la causa por la cual el hijo de Hans Luder y Margarita Ziegler tuvo motivos
para acordarse siempre con gratitud y cariño de su «querida ciudad de Eisenach».
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