Otoño en Roma.
Temprano.
Salgo del modesto hotel
en lo alto del Quirinal y me dirijo hacia el centro escoltado de los múltiples
sonidos del tráfico matutino.
El sol no muestra visos
de aparecer. El día gris crea esa bucólica atmósfera que la estación otoñal nos
regala de vez en cuando.
Me pierdo a la búsqueda
de una cafetería donde tomar mi primer espresso.
En una plaza peatonal
que se encuentra cercana a la Via del
Corso dos jóvenes italianas detienen mi paso. Son miembros de Greenpeace y
andan en busca de suscriptores de la causa ecologista.
Durante un rato
entablamos conversación. En esas
estamos cuando el preñado cielo gris, quizá enojado por mi italiano, descarga
una pesada lluvia que nos obliga a correr en busca de refugio.
El primer resguardo que
encontramos es una techumbre porticada que sobresale de una construcción a
nuestras espaldas. Es una iglesia. Les pregunto a las amigas italianas por el
edificio en cuestión. Una de ellas, la
que aparenta mejores dotes comerciales, me responde que es la Chiesa di San Lorenzo; San Lorenzo in
Lucina, aclara.
Escampa la tormenta.
Las jóvenes, frustradas por mi implacable defensa a no dar mis datos
personales, marchan en busca de nuevos adeptos. Por mi parte, aprovecho la
coyuntura para visitar el lugar.
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Chiesa di San Lorenzo in Lucina |
La iglesia es modesta
en dimensiones y carece de la frialdad que
caracteriza a otros grandes edificios sacros de Roma. Priman los colores ocres, burdeos y dorados. Ayuda a ello, así creo,
el bajo artesonado del techo que se encuentra en perfecto estado de conservación.
Del mismo modo, las capillas laterales decoradas al más puro estilo barroco
aumentan la sensación de calidez. Agradezco en una mañana como esta ese entorno
visual que reconforta el cuerpo y el espíritu.
Doy un paseo perimetral
por el recinto como tengo por costumbre. Mantengo la mirada en el Cristo crucificado de Guido Reni que
preside el altar mayor. Tomo asiento en uno de los bancos del ala derecha,
justo a la altura de la Capilla Fonseca,
un ilustre médico del XVII. Observo allí su busto que, saliente de un falso
ventanal del muro, al modo de nicho, parece cobrar vida dirigiendo su devota mirada
hacia el retablo del altar. El retablo se encuentra sostenido por dos oscuros
ángeles de admirable factura y coronado por una bóveda dorada salpicada de seres angelicales. La capilla es
obra del omnipresente Bernini, cuyo talento uno no puede nunca dejar de admirar.
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Capilla Fonseca. Detalle de la bóveda |
No dejo pasar mucho el
tiempo, pues se intensifica la necesidad de ingerir algo caliente. Al
incorporarme para salir, hete aquí que caigo en cuenta de un elemento que me había
pasado del todo inadvertido. Se trata de una estela en mármol blanco adosada a
uno de los pilares que sostienen los arcos de las diferentes capillas. Visto en
perspectiva, me sorprende no haber reparado en ella, pues destaca de los lóbregos confesionarios que se
encuentran apostados a sus lados.
La obra es el monumento
funerario al célebre pintor Nicolás Poussin, que ejerció gran parte de su
actividad en la Ciudad Eterna y fue inhumado en esta misma iglesia en el año
1665. Esta lápida está coronada por un tejado a dos vertientes ornado con una
hoja de palma en su vértice. En la parte superior se encuentra una hornacina
con el busto del ilustre pintor; el centro lo ocupa un relieve en cuya
inscripción puede leerse:
F. A. DE CHATEAUBRIAND
A
NICOLAS POUSSIN
POUR LA GLOIRE DES ARTS
ET LHONNEUR DE LA FRANCE
Descubro con sorpresa
que fue erigida por orden de François-René de Chateaubriand en el año 1829, en
los tiempos en que fuera embajador ante la Santa Sede al servicio de la
restituida monarquía borbónica.
Chateaubriand, por su
capacidad literaria e intelectual, despierta mis simpatías, a pesar, incluso,
de la vena elitista y ultraconservadora que siempre le acompañó. Influye en ello,
estoy convencido, la lectura de sus Memorias
de ultratumba, obra que devoré hace ya algunos años en casi su totalidad:
¡Válgame Dios!
No me tomen mis
sufridos lectores por un excéntrico. Estas Memorias
fueron una de mis primeras adquisiciones bibliográficas de cierta entidad
(Edición de Gaspar y Roig de 1871). Su compra supuso en mis años mozos tal
esfuerzo económico que me obligué a leerlas para amortizar la inversión.
Después, han sido motivo de consulta en innumerables ocasiones, especialmente a
raíz de una biografía que tuve a bien escribir sobre José Bonaparte. Hoy día,
paradojas de la vida, su precio no supera siquiera lo que cuesta un teléfono
móvil de los más sencillos.
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Tumba de Nicolás Poussin |
Al parecer, la génesis
del monumento se encuentra en los deseos de Juliette Récamier, a tenor de lo
que se desprende de la correspondencia recibida del vizconde de Chateaubriand: «Habéis
deseado que señalase mi paso por Roma; —escribe Chateaubriand a Madame Recamier
el 18 de diciembre de 1828— ya está
hecho: F. A. de Ch. a Nicolás Poussino
para gloria de las artes y honor de Francia. ¿Qué me queda ya que hacer
aquí?...»
Bajo la inscripción hay
representado un relieve con una de las obras del pintor francés. El propio
Chateaubriand escribe nuevamente a su idolatrada musa de artistas e
intelectuales acerca de la elección de la obra: «El monumento del Poussino va
adelantado: será noble y elegante. No podríais imaginaros cuán bien sienta en
un bajo relieve el cuadro de los pastores
de la Arcadia, y cuánto conviene a la escultura»
La Arcadia griega era
la región donde habitaba el dios Pan con su pléyade de seres mitológicos.
Habitantes que de manera rústica e ingenua vivían felices y despreocupados en
medio de bosques y fértiles valles surcados de riachuelos que manaban de los
inagotables manantiales de los montes.
Desde Virgilio se
asocia esta tierra con un reino mágico y de ensueño, ajeno a las inquietudes
mundanas, donde el hombre vive en plena comunión con la naturaleza.
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Nicolas Poussin. Los pastores de la Arcadia. Museo del Louvre |
En Les Bergers d’Arcadie, Poussin representa a
un grupo de tres ingenuos pastores, acompañados de una mujer, como habitantes de la arcádica región. Contemplan
una austera tumba en el centro del sereno paisaje, e inquieren acerca del
significado del epígrafe de la misma: ET IN ARCADIA EGO
La mujer aparenta
conocer su interpretación, podría ser una sacerdotisa o bien tratarse del
Destino o, incluso, de la propia Muerte, como apunta el antropólogo Lévi-Strauss.
Yo también estoy aquí: es
el final que, incontestable, nos ha de llegar con la muerte. La tumba y su
inscripción, y hasta la propia mujer de sereno semblante, son un elemento perturbador
del idílico vivir, un memento mori
que nos acerca a la vanidad de la vida y a la universalidad de la muerte.
Salgo de la iglesia. La
lluvia ha cesado por completo; el sol, no obstante, no lleva trazas de
aparecer. Hoy me las prometía felices callejeando por la antigua Roma de ruina
en ruina y museo en museo, cual habitante de la idílica región de las
despreocupaciones. Por el momento, entro en una cafetería, abatido y
apesadumbrado. Pido un espresso y,
entre sorbo y sorbo, voy ahogando mi inherente angustia existencial.
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