23 sept. 2016

Londres: Ofelia y Elisabeth, cuando la gastronomía pasa a un segundo plano

Engendros comestibles servidos en cafeterías y restaurantes de los museos hay muchos, pero especial mención merece el trozo de ternera seco y tieso, tirando a mojama, que, acompañado por un fangoso y anodino puré de patatas, tuve la osadía de escoger en el self service de la Tate Britain.

Tate Britain
Tate Britain

Aquel día de asueto en Londres tenía planteados tres objetivos lúdico-festivo-culturales que cumplir. Por la mañana visita a la Wallace Collection y rebuscar bajo las enaguas de una bella damisela, a saber que misterios hay ocultos en El Columpio de Fragonard; mediodía y tarde sesión de prerrafaelitas en la Tate; ya por la noche, Vivaldi en St. Martin's in the Fields. Con prisa japonesa pude cumplir con los tres compromisos.

Ofelia. John Everett Millais
Ofelia. John Everett Millais

El encuentro con la Ofelia de Millais eclipsó el resto de actividades. Diría que la joven de tez lívida me esperaba abandonada lánguidamente en su lecho fluvial; no muerta, sino sumida en un profundo letargo. Aún resonaban, perdidos, los ecos de las cancioncillas que entonaba en su ingenua locura; aún flotaban a su vera las muchas florecillas y hierbas que la triste amante recogía por las riberas, adornos y presentes con los que se zafaba de sus desdichas; aún el sauce, caído, meciendo sus hojas al vaivén de la corriente, no había cesado de derramar su llanto por la inocente vida sesgada.
Sus manos, en actitud de plegaria, húmedas e inertes, asomaban sutilmente de las calmosas aguas para ser tomadas por un alma justa que la redimiese de su postración. Quise, por instantes, llevado de un ímpetu insoslayable, ser el bienaventurado que llevara a cabo la proeza. Lentamente, conmocionado, y aún faltándome la respiración, me fui aproximando al óleo. Un sudor frio recorría mi espalda. Repentinamente, los vivos colores del lienzo y la multitud de formas silvestres, se trastocaron en una gigantesca imagen caleidoscópica, girando a gran velocidad alrededor de la doliente Ofelia; la dulce hija, la resignada amante; la shakesperiana víctima de su creador. Me pareció percibir un hálito, tenue y quebradizo. Pero sucumbí a la desesperación al  sentir la frialdad de sus carnes, la rigidez de sus músculos, la vacía mirada. A punto estuve de asirla, de traerla a mi regazo, de llevarla a lugar seguro, de infundirle nueva vida,  y de colmarla, finalmente, de eternidad.

Una vigilante con feroz aspecto me devolvió a la realidad, truncando el mágico hechizo del que era objeto.


Elisabeth Eleanor Siddal
Elisabeth Eleanor Siddal
Esta Ofelia de la que Rimbaud nos dice que flota como un gran lirio recostada sobre sus velos, no solo es la infeliz criatura imaginada por Shakespeare. Es también Elisabeth Eleanor Siddal, la modelo que sirvió a Millais en duras sesiones de trabajo, sumergida en agua durante horas y soportando el enfriamiento que habría de debilitar su salud.
Por una conjunción caprichosa del destino Ofelia es Elisabeth y Elisabeth fue Ofelia. La corta vida de la joven, musa del prerrafaelismo, la llevó por un camino torturado por los celos, el amor, el desamor y la muerte.
La frágil Elisabeth, emulando las cuitas y avatares de su alter ego, decidió también dormir plácidamente, sumergiendo su rojiza cabellera y su pálida y serena belleza, en las suaves y tentadoras aguas del láudano.

Recuperado del trance que me había subyugado, abandoné la sala en dirección al restaurante del museo.
Andaba enzarzado en un imposible, intentando cortar un trozo de carne que llevarme a la boca; cerré los ojos resignado. Un instante, y de nuevo la ensoñación: En las aguas profundas que acunan las estrellas, blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio, flota tan lentamente, recostada en sus velos...


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